La linterna mágica

José Carlos Llop ha hablado en alguna ocasión de su tío Ingmar para referirse al cineasta sueco, recientemente fallecido, Ingmar Bergman. Yo podría hablar de mi abuelo Ingmar, aunque realmente mi abuelo se llamara Allan y firmara sus crónicas periodísticas como Alí Baba. Lo cierto es que nunca emparenté con Ingmar Bergman, aunque su mundo me resulte tan familiar desde que viera en la televisión El séptimo sello, a principios de los noventa. El escritor alemán Ernst Jünger ha comparado nuestro tiempo con un monte Gólgota en el que se hubiera retirado la figura central del crucificado. Bergman posó su mirada sobre este vacío y meditó acerca del significado de la ausencia, que es como hablar del sentido último de la soledad. Sin Dios, el hombre está solo y carece de referencias. También moralmente. De ahí que Bergman fuera el cineasta de la incomunicación, de la carencia de Dios y de la muerte. Supongo que esto es el reflejo de una modernidad que trascendía las ramificaciones existencialistas de los años sesenta.

Pero Bergman también es para mí el cineasta de Suecia, quiero decir, el cineasta que refleja un tipo de relación familiar y de moralidad – a menudo estrictamente luterana –, que conocí de niño, aunque fueran sólo sugeridos por el paisaje y por un determinado clima intelectual, cuando salía de Mallorca y pasaba unas semanas en casa de los abuelos en Suecia. Recuerdo las fresas salvajes del campo, la arena escasa del mar, la casa junto al lago, el sol de medianoche, la austera moralidad burguesa de los muebles, de los cuadros, las veladas junto al piano de mi abuela – Beethoven al fondo -, las visitas del doctor, de un tío, los largos tés de la tarde. También el aburrimiento de ser el primer nieto y vivir en un mundo de mayores. Y luego, la memoria como una lente de aumento que ayuda a desentrañar la realidad.

El cineasta sueco ha pasado a la historia de la cultura europea por alguna de sus grandes películas: El séptimo sello, Fresas salvajes, Sonata de Otoño o Fanny y Alexander. Fue también, y sobre todo, un hombre de teatro y un gran amante de la ópera como atestigua la grabación de La Flauta Mágica que realizara en el teatro barroco de Drottningholm, tan alejada de las absurdas provocaciones que parecen primar hoy en día entre los cantamañanas al uso. Y finalmente nos queda el Bergman escritor, quizá el mejor de todos. En alguna ocasión he hablado de ello con Eduardo Jordá y con Diego Moreno, editor de Nórdica, y los tres hemos coincidido en resaltar la asombrosa calidad de su literatura. Pocos autores del siglo XX pueden alardear de haber escrito unas memorias tan extraordinarias como Linterna Mágica, o una novela como Las buenas intenciones. Muy pocos, la verdad.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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