El arte de Miquel Barceló

Foto de Ramón Pérez Niz

Miquel Barceló acaba de declarar en las páginas de este periódico que no debería preparar más de una exposición al año, que es como reconocer que el arte no es hijo del esfuerzo hercúleo ni de las tentativas heroicas, sino de algo más íntimo y callado, que recoge la intimidad de la experiencia humana. Desde luego, el mejor  Barceló no es el que sobrecoge por su tremendismo animal, sino el que se explaya retratando la soledad de un mono que juega junto a la orilla de un río o el que siluetea cualquier barquita africana en Mali. El gran arte esté emparentado con lo ínfimo y lo pequeño mucho más que con el despliegue de la virtuosidad. Walter Benjamin rastreaba entre las ruinas los restos de verdad que la historia va triturando a su paso. Simone Weil – otra judía como Benjamin, otra mártir en la “medianoche del siglo XX” – escribió que la verdadera emoción surge ante lo infinitamente lejano o ante lo infinitamente frágil.

Un poema de Emily Dickinson, por ejemplo, emociona de un modo que nunca lo hará Alberti, porque la solitaria de Amherst no hizo más que reflejar la realidad auténtica; mientras que el gaditano hacía otra cosa, versificaba, diríamos, y pretendía agradar con su canto. Pablo Picasso lo comprendió muy bien cuando afirmó que a él le era indiferente que todos sus cuadros desaparecieran: “una vez pintado, lo esencial ya ha sido hecho”. El resto – el aplauso de la crítica, del dinero y de la intelectualidad – pertenece al ámbito de lo social y apenas tiene que ver con el arte. Canturreo, eso sí, esnobismo o frivolidad e incluso hipocresía si me apuran, pues el poder y el prestigio se dan la mano y se apoyan mutuamente, aunque luego no quede nada ni del uno ni del otro y terminen arramblados por el vendaval del tiempo. Cualquier poema de Ossip Mandelshtam aniquila todo el pensamiento de un Sartre. El primero murió de tifus en gúlag. El segundo alabó hasta la extenuación las bondades de la tiranía de los bolcheviques. Quizás lo único que quede ahora del filósofo francés sea su condición de marioneta de Koba el temible, el viejo Iosef Stalin.

Sartre y Mandelshtam nos enseñan que el artista – o el pensador – no puede estar al servicio de la política o de lo políticamente correcto, como tampoco del escándalo o de la provocación. El arte es silencio y si, de alguna manera, nos alcanza es precisamente por la quietud que surge a su alrededor y que nos deja ahí, despojados de nuestras pequeñas seguridades falsas. Como nos recuerda Barceló, con una exposición al año sería suficiente. Seguramente también lo sería con menos. Y quizás de este modo su obra recuperaría el silencio que un día vislumbró y ahora apenas divisa.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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