El extrarradio

Leo en una entrevista que el gran pianista ruso Sviatoslav Richter solía salir a pasear por los extrarradios de las ciudades:

– “A veces –nos cuenta su viuda, la soprano Nina Dorliac-, Sviatoslav se iba de casa sin decirnos nada y andaba durante días. En dos ocasiones rodeó por completo Moscú. Le gustaba desaparecer en medio de la nieve y pararse a hablar con los obreros, con las amas de casa, con los campesinos cuyas tierras lindaban con la ciudad. Siempre detestó el poder. Por eso nunca quiso ser director de orquesta. Preferiría, en cambio, pasar desapercibido entre la gente de la calle”.

La afición de Richter por los extrarradios no es excepcional. A lo largo de la historia se ha dado en muchos otros artistas: en Franz Schubert, por ejemplo. Y también en Arthur Rimbaud, Robert Walser o el escritor inglés Bruce Chatwin. Éste último, al final de su vida, proyectó narrar en un libro sus andanzas por la periferia de Berlín y Londres. Por aquel entonces le gustaba perderse entre las gentes anónimas que viven y trabajan en las lindes de la ciudad. No creo que Chatwin –al contrario de lo que ocurría con Sviatoslav Richter- sintiera ninguna piedad por aquellas personas, aunque sin duda se dejó fascinar por la complejidad de la vida humana. En el extrarradio tuvo que encontrar el lujo y el poder de las grandes urbanizaciones; pero también la soledad de los polígonos industriales y la pobreza que se oculta en los barrios marginales, en las chabolas, en los desguaces de coches. Al final, Chatwin dejó sin escribir el libro y Richter apenas hizo algún comentario acerca de sus largos paseos por la ciudad. En ese punto no podemos dejar más que suposiciones. El secreto que se guarda en la intimidad muere con nosotros.

De todos modos, el extrarradio es un símbolo de la azarosa existencia de los hombres. Nuestra época se caracteriza por una rabiosa búsqueda de la identidad. Cuando un chalado nos pretende convencer de aquello que somos o dejamos de ser, lo que desea es vendernos un seguro que nos proteja ante la fragilidad de la vida. Si nos incomodan los inmigrantes, los pobres o incluso los enfermos terminales es porque ante ellos sentimos amenazada nuestra frágil seguridad. El extrarradio, por tanto, no es sino el reflejo de la incertidumbre que siente el hombre inmerso en la intemperie de una época turbulenta. Esa flaqueza se manifiesta de los modos más diversos: puede ser la extrañeza que siente un adolescente con su propio cuerpo o la soledad que descubre una joven mujer cuando intuye por vez primera que su marido la engaña. Puede ser la incomodidad que genera el no estar a la altura de la imagen que nos gustaría proyectar o la sensación de culpa que nos asalta cuando le fallamos a alguien. Nos guste o no, la danza del fracaso se encuentra en el centro mismo del extrarradio. También las últimas de palabras con las que Sviatoslav Richter cierra su libro de memorias fueron: “no me gusto a mí mismo”.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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