Las huellas de Papá Noel

Hace años, cuando yo era un niño, Papá Noel se acercó a la casa de mis abuelos en Suecia. Yo estaba sentado junto a una de las ventanas del comedor, cuando le vi acercarse con un trineo. Recuerdo sus gafas redondas, las mejillas sonrojadas y una campana roja, tiznada de blanco, que alertaba de su presencia. Al entrar en casa, mi abuela le ofreció té caliente y unos cuantos pastecillos de mazapán. Le oí reír, cantar villancicos, hablar con mi abuelo.

Cuando le dijeron que su nieto español estaba pasando las navidades con ellos, chapurreó unas palabras en castellano: “Hola Daniel –me dijo- ¡Ho, Ho, Ho!, yo Papá Noel”. Creo que no le entendí mucho más. Me abrazó y me dio unos regalos que sacó de una bolsa de tela. Cuando se fue, le pregunté a mi madre por qué aquel hombre que repartía regalos por todo el mundo –en casa nunca celebramos los Reyes- no sabía más que cuatro palabras en castellano. Mi madre me contestó que a Papá Noel le ayudaban pajes de diferentes países y que por ello hablaban tantos idiomas:

Pero mamá –inquirí nervioso-, ¿es éste el verdadero? ¿Es Santa Claus? ¿Papá Noel?
Sí –afirmó mi madre-. Es él.
Afuera nevaba ligeramente. La luz de las farolas se confundía con la niebla blanca que levantaba el viento. No quise abrir ningún regalo. Vestido con mi pijama, me senté junto a la ventana y contemplé cómo desaparecían los surcos dejados por el trineo sobre la nieve. Pensé que aquellas eran las huellas de Papá Noel. Luego me levanté, di las buenas noches y me fui a dormir.

¿Cuántos años tendría entonces? ¿Seis? ¿Siete? ¿Ocho? No lo sé exactamente. Me encontraba en esa edad en que la realidad empieza a desplazar sutilmente a la fantasía  y el mundo pierde su color mágico, esa aureola de extraña verdad que acompaña a la infancia. Supongo que mis padres cavilaron si habían hecho algo mal. Por supuesto que no, pero eso importa poco. Para mí, la Navidad adquirió la rúbrica del desengaño y la duda que me había surgido se extendió en mi conciencia como un abanico,

Hoy es Nochebuena, como lo era el día en que conocí y perdí a Papá Noel. Se ha convertido en un lugar común considerar esta fiesta un gran engaño, el mero recipiente en el que se deposita el ansia consumista de una época. Yo ya no lo sé. Como ese crío que perseguía un anhelo de realidad más allá de lo cotidiano, sigue latiendo en la Navidad –oculto entre el tráfico comercial- un algo mágico que se da como ofrenda a los demás. Puede ser el regalo que se entrega a un niño o el disfraz que se pone un anciano para repartir los obsequios o la llama temblorosa de una vela con la que se honra a un difunto. Esa generosidad todavía existe. Y así el misterio de la Navidad apela a otro aún mayor: el eterno misterio de la gratuidad humana.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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