Historia universal de la infamia

Eran las ocho de la tarde de un 7 de agosto de 1920. El escritor Isaak Emmanuílovich Bábel acababa de llegar a la pequeña villa de Berestechko, en el frente polaco, como corresponsal de la revista soviética Crónica. Acompañaba en su avance al primer ejército de caballería, los famosos cosacos. Sobrevolando los tejados de las casas, se escuchaban los ecos de un káddish, la oración fúnebre de los judíos. Caía la noche. Desde hacía dos meses, Bábel se había dedicado a dibujar el rostro de la muerte: “Ha pasado un día más –escribió-, he visto la muerte, caminos blancos, caballos entre los árboles, el alba y el ocaso. Entre las mieses se mueven descalzos, fantasmagóricos, los moradores de Galitzia”. Se acercó a la casa en la que tenía lugar el funeral. La fallecida era una chica muy hermosa, de una belleza inusual. El comandante al mando de la plaza se había enamorado de ella y llevaba días merodeándola. Una noche, los soldados la sacaron de la cama y uno tras otro la violaron repetidamente, antes de morir desangrada. Apenas unas farolas iluminaban la noche. Afuera, tirado en la calle, se encontraba el cadáver descompuesto de otro polaco. Era un cuerpo hinchado, desnudo, espantoso. “Me encuentro en un gigantesco e inacabable funeral –apuntó en su cuaderno de viaje. Todos nos odian”.

Ese mismo año llegó a París un joven ruso llamado Jo Goldenberg. Huía de los progromos y de las matanzas de las habla Isaak Bábel en sus diarios. En la Rue de Rosiers, en pleno barrio judío, abrió una pequeña charcutería que con el tiempo llegó a convertirse en el mejor restaurante kósher de París. Murió, como casi toda su familia, en la oscuridad de un campo de exterminio. Sólo le sobrevivieron dos de sus hijos, Jo y Albert, quienes lograron reabrir el restaurante tras la liberación de la capital francesa. Años más tarde, el nueve de agosto de 1982, dos lacayos de Abu Nidal, uno de los lugartenientes de Arafat, abrieron fuego en el restaurante matando a seis personas. No hace mucho todavía se podía ver incrustado en la madera y en una de las ventanas, los agujeros de las balas y los restos de la metralla del atentado. Supongo que allí seguirán si nadie las ha quitado. Algún día, dentro de mucho tiempo, esas cicatrices en las maderas serán fósiles de un siglo que creyó encontrar la libertad en una utopía de odio y terror.

Isaak Bábel murió en 1940, ejecutado por Stalin, después de ser sometido a un juicio sumarísimo. Jo Goldenberg murió con su familia en la ignominia de un Läger. Ambos nos dejaron un legado, un testimonio de lo que la barbarie puede llegar a cometer. Y el ejemplo de sus vidas nos recuerda cuán fácil es rebajar la dignidad del hombre y arruinar su belleza. Mucho más fácil, desde luego, que enaltecerla.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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