La casa de los Flink

Desde la ventana de mi estudio, la luna saltea la noche de un color rojizo, casi desértico. A estas horas, la naturaleza tiene ya un aire cansado, como de feria gastada. Afuera sólo quedan unos cuantos grillos que animan la tierra desde las ramas cercanas de un árbol, el ladrido lejano de los perros, el zumbido imberbe de dos o tres mosquitos. En las distancia, la luz titilante de una bombilla parpadea temblorosa, como si temiera herir a alguien. Sé que es la casa de unos vecinos alemanes. Uno de ellos debe de estar despierto, escribiendo una carta o leyendo un libro. Si yo fumara, liaría un cigarrillo y dejaría que la luz se dispersara entre las yemas de mis dedos. Así, cuando él viera, a lo lejos, el latir de esa brasa minúscula quizá se sonreiría y lo apuntaría en su diario o se lo diría entre las sábanas a su esposa, al igual que yo anoto el lejano temblor de su bombilla. Dos personas que no pueden dormir tienen, efectivamente, mucho en común.

Pero ya que no fumo, me he levantado a buscar un álbum. Son fotografías de mi madre tomadas en Suecia a finales de los años 40 y principios de los 50. En una de ellas, la veo sentada junto a la orilla del mar Báltico mirando absorta el llamear de una hoguera. Insinuado entre los árboles, se adivina, manchado como una sombra, el caserón de madera donde pasaban sus vacaciones. Es la casa de mis abuelos, la casa de los Flink.

El verano pasado, mi abuela –a la que llamo mormor- me contó su historia. Todas las casas tienen su historia, como la tienen todas las familias. Ésta la levantó su padre, que era marino mercante, quien encontró enterrado en el solar un pequeño cofre con monedas del siglo XVII. ¿Quién las habría dejado allí? ¿Una viuda celosa de su dinero? ¿Un pescador que luchó en la Guerra de los Treinta Años? ¿Un pastor luterano? Fuese quien fuese, a mi bisabuelo le alegró saber que su casa se iba a construir sobre un tesoro escondido, que él había descubierto. Muchos años después, mi abuela de niña encontró entre las lascas del jardín unos arabescos fosilizados. Para ella, esos dibujos resumían el misterio de su infancia. “Es un secreto –me dijo- que sólo me pertenecía a mí”. Sólo más tarde, una comitiva de profesores de la Universidad de Uppsala dictaminó que se trataba de un ejemplar casi único en Escandinavia: el fósil de una lila, de una flor.

Lo hermoso es que fueran precisamente los pétalos de una flor y no la cola de un lagarto o el esqueleto de un animal lo que se conservara fosilizado en ese jardín. Una flor que se fosiliza es una radiación que llega desde lo efímero y que acude a nosotros cruzando el tiempo. Y sentado aquí, esta noche, siguiendo el curso silencioso de las estrellas, yo también he percibido el tenue susurro de esa lila prehistórica, como si de repente me saludara un arco iris que naciera desde muy, muy antiguo.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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