En una esquina de la vida

En una entrevista publicada en El País, el arquitecto barcelonés Manuel Solà-Morales afirma que: “La ciudad aparece cuando se construye sobre el cruce, que es su soporte. Pero me interesa la esquina porque es un concepto más físico, casi táctil, que incluye la piedra y también la gente. Creo que cuanto más difusa sea la ciudad, más necesarias serán estas nuevas esquinas, estos puntos fijos en un territorio móvil que sirvan como punto de referencia y de interacción para todos”.

Algo de razón tiene. En contraposición con el mundo más íntimo de la casa, la esquina actúa como un punto de confluencia entre la seguridad del hogar y el deambular cotidiano de la urbe. Nada humano le es ajeno. En una esquina, espera una mujer a su amante; en otra, oculto bajo la sombra espesa de la noche, un joven camello trapichea con el hash; un poco más lejos, junto a las camelias, una pareja de voluntarios reparte condones o predica una fe cualquiera. En todas partes ocurre igual, pues en las fronteras –ya sea en una esquina, en una celda o en el ghetto- el hombre se muestra tal cual es: asustado, tierno, necesitado de cariño, solitario y cruel,

Fue precisamente en una esquina de Greenwich Village donde conocí a Robert G. Era un anciano rubio, con un mentón enorme y una bufanda roja que le cubría medio rostro. En el suelo, colocados cuidadosamente sobre una manta, vendía dibujos a lápiz y algunos pasteles de tema caribeño. Detrás de él, apoyado en una pared, un enorme óleo retrataba a un burgués de finales del siglo XIX o de principios del XX:

–Es mi padre –me dijo, al observar que miraba fijamente el cuadro-. Antes del crack del 29, fue un rico terrateniente en Altoona, Pennsylvania. Luego lo perdió casi todo.

En otra ocasión, volví a encontrar a Bob en el mismo lugar. Había sustituido sus dibujos por carteles de circo y unos cuantos relojes militares:

–A los dieciséis años me enrolé en un circo. Trabajé de trapecista, de clown y de domador de leones. Recorrí el país de punta a punta.

Yo no sabía si creerle o no. Cuando le pregunté por qué elegía siempre ese rincón tan solitario para su mercadillo, me contestó de inmediato:

–Me gustan las calles con edificios bajos en las que sople poco viento. Junto a los rascacielos circula más gente, peros sus esquinas son inhóspitas y todo el mundo se aleja nervioso.

Poco a poco me fue contando su vida. Luchó en la segunda guerra mundial y vivió unos años de bohemia en una buhardilla de París. Trabajó en la televisión y diseñó varias portadas para una editorial de Philadelphia. Fue caricaturista y marchante en los 70. Un día me contó su su amistad con el bailarín Rudolf Nureyev y con Harvey Schmidt, un famoso autor de musicales de Broadway. Y mientras hablaba me di cuenta de que Robert vivía ya solo con sus recuerdos. Como nos ocurrirá a todos, más pronto o más tarde, en una esquina cualquiera de la vida.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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