A cambio de nada

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, escribió Tolstoi en el inicio de Anna Karénina. En clave política se hubiera dicho que nuestro relato de la felicidad fue una transición ejemplar que miraba hacia un horizonte moderno y europeo –como Alemania, como Francia, como Italia–, mientras que las semillas de la infelicidad permanecían enterradas en un pasado cruelmente selectivo que no se dejaba cicatrizar a ninguna costa. “Dejad siempre las heridas abiertas”, fueron –al parecer– las palabras que utilizó el president Pujol para recordarle a Carod-Rovira que el nacionalismo debe cultivar el resentimiento si aspira a construir un demos distinto. Eso sucedió cuando los papeles del Archivo de Salamanca, un periodo del que ya casi ni nos acordamos. Cada familia infeliz lo es a su manera porque las causas del rencor oculto en el alma son infinitas, al igual que las raíces del mal. Porque nada en efecto tenía que ser forzosamente como ha sido ni nada apuntaba tampoco en esa dirección; por más que los síntomas viniesen de muy antiguo, al modo de una fiebre leve y persistente, sin foco concreto.

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Inocencio X

Andreu Jaume y Juan Claudio de Ramón me convencieron de que no podía abandonar Roma sin pasar una tarde frente al retrato de Inocencio X en la Galleria Doria Pamphilj. Por fortuna, les hice caso. El museo –un viejo palacio que todavía pertenece a la familia– tiene algo de estrambótico para nuestra frenética mirada moderna. No sólo por la abigarrada acumulación de piezas de arte, sino sobre todo por el orden histórico de las mismas, alejado de cualquier voluntad pedagógica o didáctica. Los cuadros permanecen en las paredes tal y como fueron colgados hace siglos, guardando la disposición sigilosa que marcaron las épocas. En un lugar privilegiado, junto a un busto del papa Doria esculpido por Bernini, se encuentra el retrato inmortal de Velázquez, que le valió una justa y famosa amonestación del propio papa: “Troppo vero!” (“¡Demasiado veraz!”). Y ya sabemos que la verdad no siempre alumbra lo que deseamos ver. Ni siquiera cuando nos enfrentamos a la belleza absoluta de una obra maestra.

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Prisioneros de las ideas

En su ya clásico estudio sobre los caminos de la modernidad en la España de principios del siglo XX, el profesor Vicente Cacho sostenía que los dos grandes proyectos reformistas que había conocido nuestro país eran el que se asociaba con la Institución Libre de Enseñanza –y con la figura posterior de José Ortega y Gasset– y el que representó en Cataluña la irrupción del catalanismo como ideología política. Ambos constituyeron un éxito y a la vez terminaron en fracaso. José Castillejo ha escrito páginas memorables –y también dolorosas– al respecto. Se fundaron revistas de pensamiento y ateneos, se abrieron colegios y bibliotecas públicas, se tradujeron libros y se mandaban estudiantes universitarios a los mejores centros en el extranjero.

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Maestro Pierre-Le Tan

Creo que fueron las hermanas Brönte –pero tal vez fuera Jane Austen– las que afirmaron que para escribir una novela sólo se necesita una puerta entreabierta, es decir, una mirada rápida y furtiva que ilumine por un segundo la trama de la vida. La anécdota, digamos, que alcanza una vez tamizada por la sabiduría, el talento y la experiencia el rango de categoría. Pensaba en ello esta mañana, mientras llovía con furia y en casa sonaba el último movimiento de la Tercera Sinfonía de Mahler interpretada por el maestro holandés Bernard Haitink. Con noventa años, Haitink acaba de despedirse de la dirección orquestal este verano, en un histórico concierto que cierra de algún modo otra época más: una forma de entender la música, humilde y poco estridente, de contornos casi artesanales. Escucho a Mahler y pienso en las hermanas Brönte, aunque en realidad lo que hago es llorar la muerte del pintor francovietnamita Pierre Le-Tan, que acaba de fallecer a los sesenta y nueve años.

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La abdicación de los aristócratas

En su anotación 144 acerca “de cómo sucumben las aristocracias y los príncipes”, perteneciente a sus famosos Juicios sobre la historia y los historiadores, Jacob Burckhardt observó: “Las aristocracias abdican, pero no huyen como los príncipes”. El autor suizo pensaba en los efectos de la Revolución Francesa y en la propia condición humana, que sabía debilitada. Como buen conservador desconfiaba de los excesos del entusiasmo, incluso los motivados por las intenciones más nobles. Por supuesto, ese aforismo delataba el solapamiento de los poderes y la sustitución de uno antiguo y caduco por otro acuñado con el brillo del oro nuevo: el Estado.

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