Tasas e impuestos

Entre otras cosas, la vida pública consiste en pagar. Impuestos, por ejemplo. O tasas. Y está bien que sea así. Las sociedades modernas se sostienen sobre unas infraestructuras que promueven el desarrollo y unos programas de bienestar que garantizan unos niveles aceptables de equidad. Como ya intuyó Tocqueville, el difícil punto de equilibrio entre lo público y lo privado tiene mucho que ver con la cultura y las costumbres de cada país. Si los dos grandes modelos de éxito son hoy en día Dinamarca y Singapur, resulta fácil adivinar la enorme distancia que los separa: en lo económico y en lo social. Tienen en común, sin embargo, una voluntad de racionalizar la política y no gobernar a golpe de improvisaciones.

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Los ultramontanos

El lenguaje viste la realidad. Se diría que la disfraza y enmascara, la ilumina y cincela. El novelista alemán Martin Mosebach nos invita en Der Ultramontane a fijarnos en una palabra antigua, casi en desuso, que remite a un pasado incomprensible para la sensibilidad moderna: ultramontano es lo que se sitúa más allá de las montañas, más allá de las murallas naturales que conforman los Alpes y los Pirineos a ojos de la Europa central. Roma y España, en definitiva. Esto es, el desdén por el atraso católico frente a las luces de la Razón y al nacionalismo prusiano. El ultramontano se caracterizaba por su adhesión a una persona singular –el papa– en lugar de rendir pleitesía a una ideología, un partido o una facción. Por lo tanto, el ultramontano puede ser monárquico, pero no nacionalista; puede desear el regreso del emperador –como imploraba Joseph Roth en sus novelas–, pero no el triunfo de cualquier utopía política. “El ultramontano –escribe Mosebach– sostiene que la sociedad no tiene la última palabra en cuestiones de derechos, justicia y moralidad. No le reconoce el poder de generar su propia legitimidad, ya que la sociedad no puede constituirse como un sistema meramente hermético y autorreferencial. El ultramontanismo representa el mayor rechazo al totalitarismo”.

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Los monstruos que nos habitan

Al inicio de la vieja serie documental de la BBC Civilisation, el historiador Kenneth Clark compara dos piezas de arte: un mascarón de proa vikingo, con sus fauces de dragón, y el rostro hermoso y terso del Apolo de Belvedere. Uno representa el miedo y la oscuridad; el otro, la armonía de la perfección divina reflejada en un cuerpo humano. “¿Qué es la civilización?”, se pregunta Clark. La respuesta es que no el arte exactamente, ni el estilo, ni tampoco la expresión descarnada –auténtica, se diría hoy– de los instintos. El arte se puede construir sobre el miedo, al igual que una sociedad; pero no ese espacio de libertad que llamamos civilización. “El primer enemigo de la civilización –sostiene el historiador británico– es el miedo: el miedo a la guerra, a las plagas…; los miedos que sencillamente nos hacen creer que no vale la pena construir casas o plantar árboles o… Y luego el aburrimiento, que se traduce en un sentimiento de desesperanza. La civilización requiere, ante todo, confianza en la sociedad en la que uno vive; confianza en sus creencias, en su sistema filosófico, en sus leyes, en las propias habilidades intelectuales. La civilización requiere energía, disciplina, leyes, orden”.

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Tal como somos

Para algunos historiadores, el conservadurismo americano empezó a ceder al oportunismo y la demagogia a mediados de los años cincuenta del pasado siglo, coincidiendo con la caza de brujas que impuso el macartismo. Para otros, esta deriva se retrasaría hasta la década siguiente, cuando la sociedad comenzó a descomponerse como efecto de la guerra de Vietnam, los conflictos raciales, el Mayo del 68 y la acumulación de problemas económicos que acabaron estallando en 1973. No fue en todo caso una dolencia exclusiva de la derecha, dado que la izquierda llega extenuada en los países anglosajones a la década de los ochenta y que, en la Europa continental, esta crisis ideológica surge ya con fuerza tras la caída del muro de Berlín. Se ha hablado bastante del éxito de la posguerra –y el historiador Tony Judt dedicó un largo estudio a esta cuestión–, pero no tanto de su debilitamiento con el paso de las décadas.

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