Uno de nuestros aristócratas

Durante años, Alfredo Pérez Rubalcaba fue el político más odiado de la derecha española. Pasaba por ser el Rasputín del PSOE, una especie de Fouché capaz de alcanzar siempre sus objetivos. Se ha dicho que, gracias a su habilidad, se terminó definitivamente con la ETA –muy  mermada tras los años de Aznar–; pero, como sucede a menudo, acabamos abusando de los superlativos. Fue –creo que nadie puede ponerlo en duda- un eficaz servidor del Estado, un hombre leal a la Corona y al país. Su inteligencia, de rapidez mercurial, se movía tal vez mejor en el plano de la coyuntura –como respuesta a la realidad del momento– que en el largo plazo. Era, como nos recordó el pasado viernes Antonio García Maldonado en este mismo medio, “un político brillante en el escenario, pero aún más determinante entre bambalinas”. Quizás por eso fracasó al frente del PSOE. O quizás no. No en vano la política, como casi todo en la vida, tiene mucho de azaroso.

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La edad de la ansiedad

En 1948, el poeta inglés W. H. Auden publicó un largo poema titulado The Age of Anxiety, que le valió el premio Pulitzer. El mundo salía de una guerra mundial y se abocaba a la Guerra Fría, con Europa dividida en dos mitades. La inicial era de la ansiedad fue una época de inquietud ante el creciente poder del comunismo y la amenaza real de un conflicto atómico entre la URSS y los Estados Unidos. Desde entonces, la historia ha cambiado, y también muchos de los valores imperantes, pero no esa especie de trasfondo psicosomático que mueve a las masas: el resentimiento por un lado y el miedo por el otro. Pensemos en estos últimos años, siempre al borde del abismo, ya fuera por la llegada de una pandemia viral, del colapso de la banca, del bréxit y la victoria de Trump, de las mareas migratorias, el terrorismo internacional, el ascenso de los populismos, la ruptura de los países, la crisis de las clases medias…

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La democracia, en definitiva

A finales de los años 70, en su ensayo El poder de los sin poder, Václav Havel describió el totalitarismo comunista como una perversa geografía: un paisaje moral devastado que poco a poco se enseñorea de la sociedad hasta confundir la verdad con la mentira, la realidad con los espejismos. No es preciso que todos y cada uno de los ciudadanos crean en esa mentira, pero sí que se sometan a ella, que no se opongan ni se atrevan a denunciarla. Como nos recuerda Allan Bloom en su libro sobre Shakespeare y el poder, lo crucial es que esa atmósfera compartida –el  “panorama cotidiano del pueblo”, por utilizar la terminología de Havel– termine por modelar la conciencia de cada individuo. Se diría –como reza un conocido adagio clásico– que la fe que profesamos en los rituales públicos acaba configurando nuestra fe privada, de forma directa o indirecta, por aceptación o por rechazo.

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Patria de nuestras patrias

Se diría que Europa es el destino natural de Oriente, la extraña geografía del fin del mundo, el lugar donde se pone el sol para renacer al día siguiente. Václav Havel reflexionó sobre esta imagen en un penetrante discurso ofrecido en el Senado italiano el 4 de abril de 2002. «El nombre de Europa –explicó–, que significa “Occidente”, refleja probablemente una perspectiva asiática». Hay algo hermoso en esta idea que nos hermana con el deambular de la Historia y con el aliento de esperanza que mueve al hombre a perseguir sus sueños. Europa sería así hija del sur –África–, pero más aún de Asia: de esa lejanía ancestral que nos trajo la lengua, el anhelo del misterio y las religiones. Heredera de Oriente, Europa persiguió su destino más allá de los océanos; era el mismo impulso vital que llamaba a expandir las fronteras de lo conocido. Para Pietro Citati, en su melancólico libro sobre Ulises, el hecho más característico del espíritu europeo consistía precisamente en esa capacidad de traspasar los límites de lo evidente y mirar hacia el infinito. No es ya la historia circular, que gira casi estática alrededor de sí misma a merced del ritmo de las estaciones, sino un destino que responde al nombre de la esperanza.

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