La sociedad plural

La sociedad plural

Al final de su vida, en una larga conversación con el sociólogo Steven Lukes –que acaba de editar en castellano Página Indómita–, Isaiah Berlin reflexionó sobre la difícil relación entre el espíritu liberal y la tentación dogmática del fanatismo. No se trata de una controversia precisamente nueva, ya que hunde sus raíces en el proyecto democrático. “Los liberales –observa Berlin– están comprometidos con la creación de una sociedad en la que el mayor número posible de personas pueda llevar una vida libre, una vida en la que dichas personas puedan desarrollar sus potencialidades, tantas como sea posible, a condición de que no aborten las de los demás”. Pero este anhelo, que viene a ser el de una vida civilizada donde se asuma como propia la riqueza de la pluralidad, choca con la intransigencia de los extremistas.

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Los fulgura

Los adivinos etruscos leían el futuro en el vuelo de los pájaros, en las entrañas de los animales sacrificados y en el destello de los relámpagos. A estos últimos, los augures los denominaban fulgura, de donde procede fulgor y fulgurante, que asociamos respectivamente a la luz intensa y a la velocidad. Se diría que el fulgor de una idea nos habla de su hechizo hipnótico y de la aprobación de los dioses, a los que entregamos nuestra vida si resulta necesario. El futuro queda iluminado por este resplandor, que es el de los creyentes y –en su vertiente negativa– el de los fanáticos. Los creyentes edifican un mundo nuevo; los fanáticos, en cambio, convierten el mundo en un infierno.

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Todas las cosas tienen su momento

Todas las cosas tienen su momento

Mariano Rajoy pasa por ser un político prudente y experimentado, poco dado a las sorpresas o a los extremismos. En su modus operandi, prima el estilo conservador hasta rozar una especie de quietismo desconcertante para adeptos y adversarios, más escéptico que doctrinario. No es una actitud necesariamente desacertada: Rajoy ocupa el centro del campo y hace que el partido languidezca esperando el fallo del rival. En un juego de desgaste, como es a menudo la política, resistir equivale a evitar la derrota.

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El nuevo orden mundial

El nuevo orden mundial

La pujanza china plantea un dilema universal: la soberanía del poder político frente al equilibrio democrático que proporcionan las leyes. De fondo, subyace un debate de ideas que se ancla en la Historia y que suscita nuevos interrogantes con el retorno de la era de los conflictos. Por un lado, la Europa legalista que sostiene los principios continentales de la Ilustración liberal y que reivindica como propios los grandes avances sociales y, por otro, una lógica de poder distinta, más estatalizada en el caso asiático, más pragmática, menos idealista, que rechaza la universalidad de los valores occidentales y pugna por liderar un nuevo orden mundial que pivote no ya en torno al Eje Atlántico, sino sobre el Pacífico, con sus cuarenta o cincuenta millones de nuevos consumidores al año.

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El prestigio del conflicto

El prestigio del conflicto

La posguerra europea se caracterizó por la guerra fría con la URSS y el descubrimiento de la necesidad inevitable del consenso para fortalecer la paz y la democracia. La Europa de la segunda mitad del siglo XX se construyó precisamente sobre esta búsqueda del consenso que dirimía conflictos de clase, entre naciones y también identitarios. El sueño de la Unión, de raíz tanto democristiana como socialdemócrata, facilitó esa labor. El Estado del bienestar impulsaba la cohesión social y atenuaba las diferencias entre el capital y el trabajo. Parte de este desarrollo se financiaba con la inflación, con un crecimiento enorme de la deuda y, por supuesto, con una demografía favorable.

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