La realidad importa

Los números son los números y la realidad es la realidad. Las primeras cifras económicas que conocemos nos hablan del abismo que se abre a nuestros pies. Caídas bruscas del PIB, destrucción de empleo, una morgue empresarial que se anuncia en el horizonte… El pasado viernes, la vicepresidenta del gobierno Nadia Calviño actualizó las previsiones para este año: un derrumbe del PIB de algo más del 9%, el déficit disparándose hasta el 10,3%, la deuda pública subiendo al 115,5% y el desempleo acercándose al 20%. Puro optimismo, puesto que, al fin y al cabo, con los números se puede jugar. Con la realidad, no. La realidad no admite improvisaciones: resulta demasiado dura como para sujetarla con juegos de crupier. Las ficciones crean universos, pero los universos terminan doblegando las mentiras que han nutrido la ficción.

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El yoyó

Los economistas empiezan a hablar de una “recuperación yoyó”, con aperturas y reaperturas cíclicas: una especie de uve doble que irá encendiendo y apagando el país. ¿Quién sabe? Si aceptamos como probable el consenso oficial sobre la caída prevista del PIB en nuestro país, nos estaríamos refiriendo a magnitudes nunca antes vistas. No se trata del empobrecimiento de una nación, ni de sus trabajadores, ni de sus clases medias, sino de algo mucho peor: una fractura humana, social y moral inaudita. Tuvimos un aviso en 2008 de las consecuencias que puede acarrear una grave crisis económica y que todavía, al menos en el sur de Europa, seguimos padeciendo. Ahora es peor por muchos motivos. Lo es por la potencialidad maligna de la pandemia, que actúa aparentemente como una bomba de neutrones matando a la gente y dejando en pie la estructura de las ciudades. Aparentemente, digo, porque nada se sostiene sin el trabajo de los hombres. El cierre de empresas, la masiva extensión del desempleo, la perdida de riqueza, salarios y consumo –si se prolonga durante meses– terminará causando daños irreversibles en la economía. Si no se diseña bien la reapertura y no mantenemos mientras tanto en respiración asistida a las empresas, la recuperación llevará lustros y no años. Cada día que pasa sin actividad económica juega en nuestra contra.

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El hogar de Europa

Cuando tenía siete u ocho años, mi madre me llevó a una librería de Palma llamada Jaume de Montsó. Allí compré mi primer libro. El primero, al menos, que yo recuerde. El primero que elegí y que no era manifiestamente infantil, es decir, ni Los Cinco ni Julio Verne ni los cómics de Spiderman o del Jabato. Compré el Diccionario de mitología mundial de la editorial Edaf, con sus “santos” en blanco y negro, como correspondía a los libros de bolsillo de aquella época. Hablo de épocas porque, aunque sólo hayan pasado unas décadas –serían los primeros ochenta–, me parecen siglos. Al igual que sucede ahora, las librerías eran lugares donde se traficaba con la santidad, donde se vendían objetos raros y valiosos que no podías encontrar en casi ninguna otra plaza. Faltos de una buena red de bibliotecas públicas y de los actuales proveedores tecnológicos –Amazon, por ejemplo–, las librerías ejercían así una labor sagrada. En efecto, había algo sacerdotal en aquellos libreros, verdaderos mentores de una religión secreta. Sin Internet, la memoria suplía la ausencia de los buscadores online. La memoria y los catálogos. La memoria y el “fondo de armario” de las librerías: un fondo caótico en apariencia. Como en una gramática oculta, sólo la intimidad con el lugar te permitía llegar a descubrir sus puntos ciegos.

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Honor y lealtad

La realidad tiene un claro componente ciclotímico. El pasado viernes, por ejemplo, nos levantamos con las esperanzadoras noticias de un nuevo antiviral que podría resultar efectivo contra la COVID-19. El jueves, en cambio, nos habíamos acostado con los datos del paro en Estados Unidos, escalofriantes, casi españoles. Nuestro ánimo, afectado ya por el confinamiento de semanas, oscila como un péndulo de norte a sur, de este a oeste. La ausencia de información fiable ha sido una constante desde el inicio. Y ciertas políticas que en algunos casos rozan lo criminal, por incompetencia y por falsedad. El declive de una civilización también se mide de acuerdo a estas categorías, la incompetencia y la falsedad. Además, no conviene desear en exceso según qué cosas, porque al final terminan sucediendo. El idealismo tiene un componente profético difícil de medir, pero constatable: nuestros pensamientos forjan la realidad, los delirios se cumplen.

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Triste España sin ventura

Si uno mira la evolución del IBEX 35, comprobará que el índice español se encuentra en niveles de hace veinte o veinticinco años. Es un gráfico sesgado, desde luego, que no refleja exactamente la realidad: al contrario que otros mercados bursátiles –el DAX alemán, por ejemplo–, el español no tiene en cuenta el pago de dividendos, históricamente uno de los más generosos de Europa. Pero aun así nos encontramos muy lejos de la evolución positiva de otras economías y la impresión rápida que se lleva el ciudadano es la de una sequía de años, un curso de décadas perdidas a nivel productivo e industrial. Se dirá –y con razón– que vivimos mucho mejor que a finales de la década de los noventa, y así es.

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