Creed en mis obras

“Si no creéis en mí, creed en mis obras”. La cita evangélica no es literal, pero ese sería su sentido; la gramática debe conjugar con la praxis, las palabras con el ejemplo. Pensemos, sin embargo, en las disonancias y juzguemos lo que indican: el mensaje que lanzan los gobiernos sobre el coronavirus –una probable pandemia– resulta mayormente tranquilizador. Se trataría de una especie de gripe más o menos intensa, con una tasa de mortalidad muy controlada –poco más del 2%–, que se ceba sobre todo en personas de mayores de setenta años con algún tipo de patología previa. En cambio, si analizamos las medidas que adoptan estos mismos gobiernos, la realidad que emerge es otra muy distinta. ¿Cerrar los colegios en Japón durante cinco semanas con algo más de ochocientos infectados? ¿Prohibir en Suiza los eventos públicos que reúnan a más de mil personas? ¿Tapiar en China fincas de pisos y comunidades enteras de vecinos? Son decisiones inauditas, inexplicables. “Si no creéis en mí, creed en mis obras”, leemos en el Evangelio de san Juan que es como decir: “prestad más atención a los hechos que a las palabras”. No es mala idea aplicarse a esta labor. Y desconfiar de las palabras huecas.

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Índices de lectura

La estadística me recuerda el viejo arte de leer el futuro en los posos del té. Quiero decir que nunca he sabido si creérmela o no del todo; pues, como suele repetir mi amigo Joseba Louzao, detrás de la objetividad se esconde una gramática. O, lo que es lo mismo, los datos necesitan un relato que los ilumine.

La última cifra que hemos conocido esta semana nos habla de los índices de lectura en nuestro país, al parecer crecientes. Un 68,5 % de la población se declara lectora, ocho puntos por encima de hace una década. Son unos números sorprendentes –en realidad superiores a lo que uno hubiera pensado–, porque no se corresponden ni con nuestra tradición, ni con el estado general de nuestras bibliotecas públicas, ni con el trabajo rutinario que se lleva a cabo en muchos de nuestros colegios –donde, en los cursos superiores, cómo mucho, se lee un libro cada trimestre–, ni con la panorámica que ofrecen las líneas de metro, los aeropuertos o los arenales playeros en verano, normalmente huérfanos de lectores.

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La sociedad decadente

Se diría que el valor de las propuestas conservadoras estriba en su realismo. Es un mundo en el cual se conjuga una gramática de futuros matizados con un prudente escepticismo que no despoja de sus alas a la esperanza, pero sí encauza las pasiones antes de que se desboquen en el corazón de las sociedades. Las propuestas conservadoras no son las de un pesimista, sino las de alguien que valora su época en su justa medida. Lógicamente, para el conservador la historia tiene un peso porque sabe que también el futuro se convertirá algún día en pasado y nos volverá a recordar la eterna lección del Eclesiastés: nada nuevo hay bajo el sol, puesto que incluso lo nuevo pasará también a ser antiguo.

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En la muerte de Kirk Douglas

Tras la muerte de Kirk Douglas han empezado los llantos rituales por lo mal que está la juventud. Entiendo bien esos lamentos, porque nos hacemos viejos y nuestra mirada cambia forzosamente con el paso de los años. Nos gusta lo que conocemos y la familiaridad casi siempre nos la aporta la infancia y la juventud. De ahí la nostalgia por los ochenta y la mercancía EGB (hasta el punto de que la línea ideológica actual del PP parece un remedo de la Thatcher, la reaganomía y la doctrina moral de Juan Pablo II), a pesar de que ni los ochenta ni la EGB fueran especialmente memorables. Como yo era niño en aquella época, la recuerdo con una mezcla de curiosidad, tedio y esperanza. Recuerdo también aquellos rostros espectrales que nos llegaban como un rumor: quien más quien menos sabía del hermano de algún amigo destruido por las drogas o consumido por otras pasiones.

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El día más triste

En su homenaje a Winston Churchill, el historiador John Lukacs observó que, con su determinación en la II Guerra Mundial, el premier británico había logrado preservar durante medio siglo más el esplendor de la civilización burguesa. De 1945 a 1995, ese periodo dorado que algunos consideran uno de los más altos logros de la humanidad, Europa occidental gozó del raro privilegio de una paz que, tras la caída del comunismo, se creyó perpetua. A lo largo de unas pocas décadas se pensó que era posible conjugar unos niveles de libertad, prosperidad e igualdad jamás conocidos anteriormente. El continente,  ensangrentado en las dos guerras mundiales, vivía en paz consigo mismo, confiado en un futuro que sólo podía ir a mejor. Se puso en marcha la moneda única y se eliminaron las fronteras. El programa Erasmus facilitaba los matrimonios internacionales y se empezaron a coordinar proyectos industriales, científicos y militares a una escala desconocida hasta el momento. Cincuenta años más de civilización –quizás fueron sesenta– que terminaron en un durísimo choque con la realidad  en 2008; aunque ese año realmente fue el final de una escalada de tensiones que llevaban acumulándose hacía tiempo, hasta que el estallido se hizo inevitable.

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Ceguera olfativa

En su último Thoughts from the frontline, John Mauldin ha recurrido al símil de la “ceguera olfativa” para ilustrar el estado actual de la inflación mundial. Por supuesto se puede hablar de la anosmia como una especie de daltonismo del olfato, la incapacidad de reconocer determinadas vetas de olor, pero Mauldin se refiere a algo mucho más concreto y común: la incapacidad de reconocer –por costumbre- los olores más habituales de nuestro entorno, ya sea el de nuestras mascotas, el tabaco, los perfumes o los directamente corporales, que los otros perciben de inmediato –a menudo con desagrado- pero nosotros no. Lógicamente la “nose blindness“ afecta a lo evidente más que a lo extraño, a lo familiar más que a lo lejano. Se diría que de un modo u otro, todos somos víctimas del rigor de esta metáfora. La política española también.

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