Sobrevivir a la incertidumbre

En la vida pública española existen todavía espacios para la reflexión alejados del ruido mediático y de la lucha partidista. Un buen ejemplo de uno de estos lugares lo constituye el reciente libro que Antonio Garrigues Walker –con la estrecha colaboración de Antonio G. Maldonado– acaba de publicar en la  editorial Deusto: Manual para vivir en la era de la incertidumbre. La inconsistencia de las sociedades líquidas, carentes de anclajes sólidos, se traduce en un tipo determinado de desasosiego que evita mirar de frente a la realidad. «Urge recuperar el prestigio de nuestra realidad», insiste en las páginas de esta obra el ilustre jurista madrileño, consciente del elemento gaseoso y volátil que prende con demasiada facilidad en nuestras emociones. Importa poco si nuestra mirada se fija en el pasado o si la reservamos para un futuro utópico, la clave de nuestro malestar reside en una especie de odio funesto hacia todo aquello que nos configura y nos limita. Recuperar el prestigio de la realidad significa volver a asumir que la imperfección nos hace humanos y que el deseo de mejorar nos enaltece. «Se trata en gran medida –escribe Garrigues Walker– de devolver la autoestima al ciudadano, de hacerle creer de nuevo en las posibilidades de su propia autonomía. Ese es el gran logro de Occidente y la base de la democracia liberal, hoy en cuestión frente a modelos represivos pero económicamente eficaces en el corto plazo».

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Patria de nuestras patrias

Se diría que Europa es el destino natural de Oriente, la extraña geografía del fin del mundo, el lugar donde se pone el sol para renacer al día siguiente. Václav Havel reflexionó sobre esta imagen en un penetrante discurso ofrecido en el Senado italiano el 4 de abril de 2002. «El nombre de Europa –explicó–, que significa “Occidente”, refleja probablemente una perspectiva asiática». Hay algo hermoso en esta idea que nos hermana con el deambular de la Historia y con el aliento de esperanza que mueve al hombre a perseguir sus sueños. Europa sería así hija del sur –África–, pero más aún de Asia: de esa lejanía ancestral que nos trajo la lengua, el anhelo del misterio y las religiones. Heredera de Oriente, Europa persiguió su destino más allá de los océanos; era el mismo impulso vital que llamaba a expandir las fronteras de lo conocido. Para Pietro Citati, en su melancólico libro sobre Ulises, el hecho más característico del espíritu europeo consistía precisamente en esa capacidad de traspasar los límites de lo evidente y mirar hacia el infinito. No es ya la historia circular, que gira casi estática alrededor de sí misma a merced del ritmo de las estaciones, sino un destino que responde al nombre de la esperanza.

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El consenso, una pasión democrática

Se diría que los hombres solo conocen de verdad aquello que han vivido en primera persona, aunque sus sueños se proyecten hacia un lejano pasado de tintes míticos o hacia un futuro utópico del que únicamente aciertan a percibir sus rasgos más brillantes. En cierto modo, podríamos afirmar que todos somos hijos de la posguerra: un largo periodo de paz y prosperidad que trajo consigo la extensión de las clases medias, un generoso pacto social al que llamamos Estado del bienestar, el final aparente de los nacionalismos y la progresiva cooperación comunitaria desde los ya lejanos Tratados de Roma. Ese continente surgido de la posguerra no puede entenderse sin la gran catástrofe que supuso la primera mitad del siglo XX: dos guerras mundiales, la caída de los imperios, la revolución rusa, el ascenso de los totalitarismos, Weimar y la shoah, los efectos del crac del 29 y la hiperinflación alemana.

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