El mapa de las obsesiones

Se diría que la memoria traza el mapa de nuestras obsesiones. La memoria es carne y persiste como las cicatrices en el cuerpo. La memoria es el nombre de nuestros padres antes de que supiéramos pronunciarlo y  también el callejeo, repetitivo y caprichoso, que nos lleva por la ciudad que alguna vez amamos. La memoria es la forja de una sensibilidad, porque sólo lo que nos importa se adhiere como el polvo a las suelas. La memoria es también aquello que no ha existido, pero en lo que creemos firmemente porque sabemos de su realidad: los mitos propios y compartidos que concilian alguna de nuestras contradicciones. «Me preguntas qué utilidad tiene leer los Evangelios en griego –escribió Miłosz–. Te respondo que es bueno conducir nuestro dedo por letras más perdurables que las grabadas en piedra, y que al pronunciar lentamente sus sonidos conozcamos la verdadera dignidad del lenguaje». Eso es también la memoria: salir del tiempo para hablar del tiempo.

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Foto: ANDRÉ KERTÉSZ

Ley de vida

A comienzos de mayo, mientras masticaba un bizcocho de almendras, noté una dureza ligeramente aristada entre los dientes. Me pregunté qué demonios habrían metido en la masa: un chinarro quizá o un fragmento de cáscara de almendra, tan resistente que, de niño, en la finca de mis abuelos, tenía que romperla con el canto de una piedra. Al escupirla vi un conglomerado más grisáceo que negro, del tamaño de media uña. Pegada a él, una calcificación de un color blanco fatigado. No necesité que la lengua me confirmara lo que resultaba evidente: una muela, con su correspondiente empaste, se había partido. A esa hora, el sol tardío anunciaba la relajada extensión de los días. A mi lado, un grupo de ciclistas alemanes daba cumplida cuenta de unos sándwiches de jamón. Un gato merodeaba entre las mesas en busca de migas en el suelo. Al llegar a mi mesa, me miró con prevención, indeciso. Quizás esperase un trozo del bizcocho que había apartado, mientras intentaba limar con la lengua las finas crestas de la muela herida. La belleza del Mediterráneo se resume en tardes así, ligeramente calurosas, de un verdor que respira su última humedad antes de la consumación del verano.

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Una lengua extraña

Mitreo de San Clemente en Roma (Wikipedia)

“Fijaos bien, ahora nos vamos a adentrar en el pasado y la arqueología nos permitirá separar las distintas capas de la Historia”, les dije a mis hijos poco antes de bajar al subsuelo de la basílica de San Clemente. “Hablas una lengua extraña –me replicó María–. Cuando la utilizas no te entiendo”. Sonreí con  torpeza, como suelo hacer en estos casos, y dejé que fuesen a corretear por la arquitectura laberíntica del edificio. Me hubiera gustado explicarles el sustrato paleocristiano de aquel conjunto arqueológico, pero ellos son niños y los niños conciben la vida como una aventura. Ahogado por la humedad, un piso más abajo se encuentra el famoso mitreo, con su altar dedicado a la divinidad persa Mitra. “¿Por qué la figura mata a un toro?”, me preguntó Javier, y tuve que reconocer que lo ignoraba todo sobre el mito, pero que al llegar a casa lo investigaríamos.

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