Contra toda esperanza

La historia se alimenta de símbolos y de imágenes; también de palabras, mitos y relatos. Los hay dotados de fuerza icónica; otros, en cambio, resultan sombríos hasta rozar la infamia. Algún día, por ejemplo, los historiadores del futuro juzgarán con dureza la frivolidad de un gobierno que confundió la dignidad con el activismo y que se dedicó a azuzar la participación en las manifestaciones del 8-M, en lugar de exigir a la ciudadanía responsabilidad y prudencia. Ya habrá tiempo de hablar de ello antes de que el olvido –como una damnatio memoriae– caiga sobre una clase política que en su conjunto se ha mostrado incapaz y efébica, es decir, infantilizada hasta niveles que ni podíamos imaginar a pesar de tantas advertencias acumuladas. Pecamos de ceguera porque el hombre necesita creer: lo anhela de forma incesante, en contra de toda evidencia. Fue Marc Bloch quien ya advirtió de que el fracaso social responde siempre a errores de inteligencia, a marcos cognitivos claramente fallidos. Hay algo trágico en el modo en que las sociedades persiguen obstinadas su autodestrucción. Por supuesto no siempre, sólo a veces. Ahora, pongamos por caso.

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El escenario 2008

El escenario 2008 ya está aquí si no actuamos con contundencia y rapidez. Son las palabras que la presidenta del Banco Central Europeo, F. Lagarde, utilizó ante los lideres de la UE. Es el deseo Draghi, esa especie de sortilegio que ya funcionó una vez –“whatever it takes and believe it will me enough”-, la feroz artillería que dome los mercados rebeldes y recupere la estabilidad necesaria. ¿Será suficiente esta vez? Quizás sí, quizás no, depende también de los plazos: no a corto, pero seguramente sí a medio y largo, cuando la pandemia se encuentre bajo control entrado 2021. Porque resulta ingenuo pensar que los picos epidémicos se controlarán definitivamente antes –las mejores previsiones apuntan hacia un momento crítico el próximo otoño/invierno cuando el COVID-19 se sume a la gripe estacional- y también porque el shock económico que se avecina tiene causas y orígenes muy distintos a los que causó el crack financiero de la pasada década. Hoy, una vez rescatados, los bancos se encuentran bien capitalizados y son solventes, ganan dinero incluso en un entorno extremadamente adverso de tipos de interés negativos. El actual evento sísmico puede acelerar, eso sí, la concentración bancaria, un proceso que ya lleva años en marcha, pero que no había finalizado su recorrido. El futuro a una década son unas pocas megacorporaciones financieras, de carácter transnacional. Uno diría que el Santander será un campeón europeo –tiene tamaño para ello- y que el Sabadell, en cambio y por poner un ejemplo, será absorbido o se fusionará con otro peso mediano. Pero estos son brochazos que no apuntan al corazón del problema que encaramos ahora, un doble shock de oferta y demanda que por poco que se alargue la cuarentena forzada provocará un efecto en cadena sobre la industria, el comercio y el trabajo. Un economía en semiparálisis, atenazada por un miedo contagioso, se acerca más a un escenario desconocido para la mayoría de nosotros que a los seculares ciclos económicos definidos por la dualidad del ahorro y el crédito.

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Un poco ateos

“Todos somos un poco ateos –me dijo hace dos veranos el escritor abulense José Jiménez Lozano–, pero ya sabe usted que en las grandes familias del siglo XVII se cuidaban muy bien de que la primera religión de los cocineros hubiera sido católica, no fuera que las salsas no salieran bien por falta de optimismo vital”. En aquellos días brillaba la luz intensa de finales de agosto, cuando empieza a anunciarse –todavía un poco a lo lejos– la llegada del otoño. El aire era un poco más frío de lo habitual, como si el tiempo quisiera hacernos compañía. Ahora pienso que, con sus palabras, Jiménez Lozano me animaba a pensar en el otoño como en la estación de los proyectos. Por muy mal que se pusiera el mundo, por muy acelerada que fuera la destrucción de ese humus cultural que llamamos Europa, el hombre no puede renunciar a esa auténtica pietas que es la memoria y la celebración de la dicha compartida y de la esperanza.

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En máxima alerta

En la salud pública las cifras pesan. Pequeñas variaciones estadísticas provocan cambios de gran magnitud a medida que actúa la fuerza de los números. Pongamos por caso, la epidemia del coronavirus se expande siguiendo la evolución de su tasa de contagio: aproximadamente un múltiplo de diez cada dos semanas. A día de hoy desconocemos todavía muchas de las aristas de la nueva enfermedad y los expertos se manejan con suposiciones más o menos plausibles. Sabemos, eso sí, que su mortalidad se dispara con la llegada del pico de contagios, ya que un número masivo de infectados coloca a los hospitales en una situación de máximo estrés. Las cifras pesan y los recursos cuentan. No deja de ser interesante, desde esta perspectiva, verificar las correlaciones entre el número de muertos y el de infectados oficiales. Hay países –pienso ahora en Corea del Sur y en Japón, pero también en Alemania– que apenas reportan fallecimientos (desde luego por debajo del umbral del 1%), a pesar de la cantidad de pacientes, frente al 5% de Estados Unidos y el 4% alto de Italia. ¿Poblaciones más envejecidas, tal vez? No parece. ¿La ausencia en América de un sistema público de salud, unida a los errores en la prevención de la epidemia? Tiene más sentido, sobre todo si pensamos que Estados Unidos cuenta con una medicina de altísima especialización pero carece de una cobertura universal.

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Creed en mis obras

“Si no creéis en mí, creed en mis obras”. La cita evangélica no es literal, pero ese sería su sentido; la gramática debe conjugar con la praxis, las palabras con el ejemplo. Pensemos, sin embargo, en las disonancias y juzguemos lo que indican: el mensaje que lanzan los gobiernos sobre el coronavirus –una probable pandemia– resulta mayormente tranquilizador. Se trataría de una especie de gripe más o menos intensa, con una tasa de mortalidad muy controlada –poco más del 2%–, que se ceba sobre todo en personas de mayores de setenta años con algún tipo de patología previa. En cambio, si analizamos las medidas que adoptan estos mismos gobiernos, la realidad que emerge es otra muy distinta. ¿Cerrar los colegios en Japón durante cinco semanas con algo más de ochocientos infectados? ¿Prohibir en Suiza los eventos públicos que reúnan a más de mil personas? ¿Tapiar en China fincas de pisos y comunidades enteras de vecinos? Son decisiones inauditas, inexplicables. “Si no creéis en mí, creed en mis obras”, leemos en el Evangelio de san Juan que es como decir: “prestad más atención a los hechos que a las palabras”. No es mala idea aplicarse a esta labor. Y desconfiar de las palabras huecas.

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Índices de lectura

La estadística me recuerda el viejo arte de leer el futuro en los posos del té. Quiero decir que nunca he sabido si creérmela o no del todo; pues, como suele repetir mi amigo Joseba Louzao, detrás de la objetividad se esconde una gramática. O, lo que es lo mismo, los datos necesitan un relato que los ilumine.

La última cifra que hemos conocido esta semana nos habla de los índices de lectura en nuestro país, al parecer crecientes. Un 68,5 % de la población se declara lectora, ocho puntos por encima de hace una década. Son unos números sorprendentes –en realidad superiores a lo que uno hubiera pensado–, porque no se corresponden ni con nuestra tradición, ni con el estado general de nuestras bibliotecas públicas, ni con el trabajo rutinario que se lleva a cabo en muchos de nuestros colegios –donde, en los cursos superiores, cómo mucho, se lee un libro cada trimestre–, ni con la panorámica que ofrecen las líneas de metro, los aeropuertos o los arenales playeros en verano, normalmente huérfanos de lectores.

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