Modernización malograda

Según se mire, la realidad resulta muy compleja pero también sencilla y diáfana. Quiero decir que lo complicado es lógicamente difícil y lo sencillo, fácil. ¿Era previsible una epidemia por coronavirus hace apenas seis meses? No, de ningún modo. ¿Se trata pues de un cisne negro impredecible? Tampoco. Las epidemias globales, las grandes pestes que saltan de un animal al hombre, forman parte de los ciclos históricos de la humanidad. Cisne blanco o negro, conviene fijarnos más en los principios que en los discursos, más en los hechos que en las promesas. Llegó el azote del coronavirus y nos pilló sin defensas, con el país debilitado por muchas causas. La más dolorosa, la político-ideológica, consecuencia del brutal recrudecimiento de la guerra cultural. Si la Transición fue un milagro que propició el reencuentro, las dos últimas décadas han visto la voladura de tantos y tantos puentes que parecían sólidos y destinados a perdurar. El más obvio, el más patente y cuantificable es la ruptura económica: un auténtico adiós a todo lo que fue nuestro país en los últimos cincuenta años, una línea de prosperidad y de crecimiento más o menos sostenida.

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Momento ciceroniano

Bienvenidos al mundo de la irracionalidad que, como la vida misma, no es tampoco tan irracional. En gran medida porque la realidad admite lógicas distintas y a menudo contrapuestas. Se diría que la lógica de los científicos es una y la de los médicos, otra; como otra es la de los empresarios, la de los altos funcionarios, la de los maestros y profesores, la de los padres y la de los niños. Sin duda, con el desconfinamiento la espesa niebla del futuro adquiere tonos aún más sombríos, precisamente porque carecemos de faros o de piedras miliares que marquen un camino nítido, inequívoco. Así que la ruta posible es la de la famosa oración del cardenal Newman: “One step enough for me”, un paso tras otro hacia un lugar todavía desconocido.

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La realidad importa

Los números son los números y la realidad es la realidad. Las primeras cifras económicas que conocemos nos hablan del abismo que se abre a nuestros pies. Caídas bruscas del PIB, destrucción de empleo, una morgue empresarial que se anuncia en el horizonte… El pasado viernes, la vicepresidenta del gobierno Nadia Calviño actualizó las previsiones para este año: un derrumbe del PIB de algo más del 9%, el déficit disparándose hasta el 10,3%, la deuda pública subiendo al 115,5% y el desempleo acercándose al 20%. Puro optimismo, puesto que, al fin y al cabo, con los números se puede jugar. Con la realidad, no. La realidad no admite improvisaciones: resulta demasiado dura como para sujetarla con juegos de crupier. Las ficciones crean universos, pero los universos terminan doblegando las mentiras que han nutrido la ficción.

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El yoyó

Los economistas empiezan a hablar de una “recuperación yoyó”, con aperturas y reaperturas cíclicas: una especie de uve doble que irá encendiendo y apagando el país. ¿Quién sabe? Si aceptamos como probable el consenso oficial sobre la caída prevista del PIB en nuestro país, nos estaríamos refiriendo a magnitudes nunca antes vistas. No se trata del empobrecimiento de una nación, ni de sus trabajadores, ni de sus clases medias, sino de algo mucho peor: una fractura humana, social y moral inaudita. Tuvimos un aviso en 2008 de las consecuencias que puede acarrear una grave crisis económica y que todavía, al menos en el sur de Europa, seguimos padeciendo. Ahora es peor por muchos motivos. Lo es por la potencialidad maligna de la pandemia, que actúa aparentemente como una bomba de neutrones matando a la gente y dejando en pie la estructura de las ciudades. Aparentemente, digo, porque nada se sostiene sin el trabajo de los hombres. El cierre de empresas, la masiva extensión del desempleo, la perdida de riqueza, salarios y consumo –si se prolonga durante meses– terminará causando daños irreversibles en la economía. Si no se diseña bien la reapertura y no mantenemos mientras tanto en respiración asistida a las empresas, la recuperación llevará lustros y no años. Cada día que pasa sin actividad económica juega en nuestra contra.

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Jorge Freire: “¿Una recomendación para los lectores jóvenes? Que aprendan a renunciar”

Jorge Freire (Madrid, 1985) nos ofrece en su último libro Agitación. Sobre el mal de la impaciencia (Ed. Páginas de Espuma), XI Premio Málaga de Ensayo, un fastuoso recital de la inteligencia que bebe de los grandes clásicos para ofrecernos una mirada libre y desenvuelta del hombre contemporáneo.

En las Edda se habla del “fuego de los ríos”. Debajo del orden humano y de la moral, late una inquietud que rompe la armonía edénica. Pero ese fuego supone también el inicio de la historia. Citas al principio de tu libro la conocida sentencia de Pascal sobre la incapacidad de permanecer quietos y a solas en una habitación. ¿No es, en realidad, el fuego –la llama de la agitación– lo que nos humaniza? ¿La condena de Ulises no constituye el origen de Occidente?

Todo es conflicto. Según Heráclito, Homero erraba al desear que el combate entre dioses y hombres terminase. Donde hay vida, hay pugna. Quien prometa abolir definitivamente las discordia será, a buen seguro, un mercachifle, un tonto redentorista o un totalitario. Naturalmente, media un trecho entre la búsqueda de sentido y la carnavalada frenética del Homo Agitatus, que no es sino una suerte de narcótico. El agitado espanta la realidad con alharacas como el avestruz esconde la cabeza. Volviendo a Pascal, puede que no seamos más que una caña, y la más débil de todas, pero somos, al cabo, una caña pensante. La única solución es, a mi juicio, atender a nuestro carácter contingente.

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