uando llegan las Navidades, me gusta escuchar los viejos villancicos que me ponía mi madre de niño. Regreso así a mi infancia, que era también la suya y la de mis abuelos suecos –mormor y morfar–, ya antes de la guerra: un mundo que nunca conoceríamos si no fuese por el arte y la memoria familiar. La Navidad nos lleva aún más lejos: a una gruta de Belén, a un país remoto, situado en la última frontera del Imperio romano. El relato del Nacimiento se sostiene sobre una serie de extraños paralelismos: un Dios que renuncia a su omnipotencia para hacerse hombre; una luz («Lumen de Lumine», rezamos en el Credo) que se oculta en la oscuridad; una palabra (esa Palabra, al inicio del Evangelio de san Juan, define la naturaleza del Dios cristiano) que se acalla para tornarse infans, es decir, un niño aún incapaz de hablar. En este humus, cultivado durante milenios por la fe cristiana, se forjará gran parte de la sensibilidad, la ética y la moral europeas.
Un ángel de la guarda


Daniel Capó
Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.




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