José Andrés Rojo: “Siempre estamos negociando; nunca somos iguales a nosotros mismos”

Foto: Casa América.

“Es necesario decirle adiós a nuestros muertos –leemos en Camino a Trinidad, el último libro de José Andrés Rojo-. Y consuela saber que algunas cosas pueden seguir vivas”. La buena literatura, por ejemplo, sedimentada en una memoria que se confiesa libre. Ambientada en parte en la Bolivia de Hugo Bánzer, Camino a Trinidad (Pre-Textos) es una excelente novela, sobria y meditativa, que reflexiona sobre el misterioso azar que atraviesa, con sus interrogantes, el sentido de nuestras vidas.

Empecemos por la biografía. Usted es nieto del general Rojo, héroe republicano de la Guerra Civil, a quien le ha dedicado una magna biografía. Al terminar la guerra, su abuelo se exilió, si no recuerdo mal, primero a Argentina y después a Bolivia, donde nace usted en 1958. Quería preguntarle en primer lugar por la sombra de su abuelo en la familia. ¿Qué recuerdos guarda de él y de qué modo su personalidad y su ejemplo conformaban un capítulo del “léxico familiar”?

No guardo recuerdos del general porque no llegué a conocerlo. Regresó a España -estaba ya enfermo y creía que iba a morirse enseguida- en 1957. Aguantó una larga temporada, hasta 1966, unos cuantos años antes de que mi familia se trasladara a Madrid en 1971. Así que no coincidimos nunca. Pero ha estado siempre presente, de la misma manera (imagino) que en tantas otras familias siguen pesando en los hijos y los nietos los abuelos y, de paso, aquella remota Guerra Civil. Esa antigua herida dura quizá un poco más en los que tuvieron que irse y luego volvieron. Como si no pudieran terminar de quitársela de encima. Yo tenía que haber sido boliviano y terminé siendo español. Al final no eres de ninguna parte. El léxico familiar, en nuestro caso, está por eso lleno de lagunas, no hay continuidad. Hay muchas palabras que vienen de lejos y que ya no sabes qué significan. Me embarqué en escribir sobre mi abuelo porque quería entender qué significaba aquello de que, en la guerra, “había cumplido con su deber”. La honradez de su posición nos ha marcado a todos, pero de manera muy distinta.

Fuente: Nueva Revista.

Entrevista completa“Siempre estamos negociando; nunca somos iguales a nosotros mismos”.

Las lágrimas de Cohen

En el origen de la literatura se halla la guerra. O la violencia. Las diferencias no resueltas que desembocan en el mal. Los dos grandes poemas homéricos –la Ilíada y la Odisea– que dan inicio a Occidente giran sobre un conflicto mítico, perdido en la noche de los tiempos. Rachel Bespaloff, ilustre intérprete de Homero, subraya que, según los griegos, «los dioses otorgan felicidad, riqueza y gloria; mas sólo el hombre tiene el poder de unirlas con la justicia. Si no lo hace, tarde o temprano, lo aplastará una fatal calamidad». La literatura hebrea también empieza relatando un encuentro con el mal: la desobediencia de Adán y Eva, la expulsión del Paraíso, el asesinato de Abel, antes de la fundación de un pueblo elegido –el judío–, que se adentra en el misterio de la Historia.

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En Nápoles

Ciudad paródica donde las haya, conozco pocos lugares tan hermosos, tan llenos de vida como Nápoles. No se trata, desde luego, de una belleza italiana, renacentista, de una luz ocre que nos hable de una cierta pasión por el espíritu: en Nápoles, el Barroco adquiere, en cambio, una carnalidad, escatológica, groseramente humana. El olor a orines inunda las calles, los niños -de diez, doce años- circulan con sus Vespas -la cabeza estirada, los pies de puntillas-, la ropa permanece tendida en la calle de un modo constante, las paredes de los palacios brillan oscuras, desconchadas, sin la luz siquiera de la humedad veneciana.

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El legado final de Obama

El legado de Barack Obama se llama Donald Trump. Por supuesto, Obama es mucho más que el predecesor del nuevo presidente de los Estados Unidos; pero los historiadores del futuro tendrán que responder al extraño misterio que plantea su herencia. Obama encarna los altos valores de la civilización liberal, la imagen nítida y persuasiva de un consenso que se quiere inteligente y demócrata. Es, desde luego, un hombre que ha roto moldes y que, pese a todos sus errores, ha mantenido hasta el final de su mandato un claro perfil de integridad personal. La derrota de Obama –o de lo que él ha  representado– nos recuerda, en cambio, que lo sólido se desvanece en el aire con una pasmosa facilidad. La sorpresa ante la victoria aplastante de Trump nos advierte, una vez más, de que hay que cuidarse de los idus de marzo, como aseveraban los viejos romanos tras el asesinato de Julio César.

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¡Hineni, hineni!

En la voz del viejo Leonard Cohen se entrecruzan las imágenes bíblicas y la liturgia judía. Hablo de voz, y de no música, con toda intención. En Cohen, al igual que en todo poeta verdadero, lo esencial es la palabra: una palabra que se sostiene por sí misma, sin apoyos, desnuda sobre el papel y que, más tarde, una vez pronunciada, puede encarnarse, quizá, en una canción.

Fuente: The Objective

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Atados al mástil

La inesperada victoria de Donald Trump supone el segundo triunfo del populismo global tras el prólogo griego y el primer capítulo del Brexit. Esta victoria es la más preocupante, porque afecta al corazón mismo del imperio y al principal garante de la paz mundial. Las viejas democracias –EEUU, el Reino Unido– ceden a los encantos de la demagogia, expectantes ante lo que pueda suceder el año próximo en Francia –¿Marine Le Pen? –, en Alemania –donde la extrema derecha sube con fuerza– o, de modo más inmediato, en el referéndum de Italia –que podría terminar con el gobierno de Matteo Renzi–. El miedo se ceba en Occidente a medida que aumentan las víctimas de la globalización y la “nueva política” alienta, con su retórica antisistema, el resentimiento popular y el odio a la pluralidad.

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