Diplomacia

Dos tradiciones antagónicas ilustran la política exterior norteamericana. La primera es el aislacionismo que se remonta hasta los primeros colonos de la nación. La segunda está embebida de un internacionalismo de rostro moral: el deber de transferir los valores de la democracia estadounidense al resto del mundo. Ambas tradiciones condicionan – en uno u otro sentido – las necesidades reales de la diplomacia. Para los defensores del aislacionismo, los Estados Unidos se edificaron como un baluarte de libertad frente a las persecuciones religiosas que asolaban Europa. Su interés se centra en la fortaleza interior, la prosperidad industrial y el mantenerse alejados de las corrientes de pensamiento foráneas que puedan adulterar la pureza de los orígenes. Creen que América es una singularidad cuyo tamaño, casi continental, unido a la riqueza de sus tierras y de sus gentes hacen posible que permanezca inalterada. Obviamente, se trata de una ficción como cualquier otra, que reniega de la verdad fundamental de Occidente, a saber: que el contacto con el exterior fecunda y enriquece a las sociedades abiertas.

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Los países normales

En nuestro país, la respuesta a los problemas adquiere casi siempre un invariable tono monocorde. Digamos que la culpa de cualquier mal reside en el gobierno; en el mal gobierno, se entiende, que actúa como un basso ostinato de la vida pública española. Desde esta perspectiva, el país sería irreformable; la Transición, una farsa; el capitalismo, una conjura de las elites y la justicia, una mentira. Por supuesto, aquí entran en acción unos cuantos matices que obedecen a su vez a las distintas facciones ideológicas. Al igual que uno, en el campo de fútbol, se identifica con los colores de su equipo, la política responde a una lógica similar. Si se simpatiza con la izquierda, la culpa será del gobierno popular. Si, por el contrario, la brújula sentimental del votante bascula hacia el conservadurismo, el desastre se deberá a la izquierda con sus políticas equivocadas.

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Los admiradores

En sus últimos años, la prosa de Josep Pla se volvió más seca y escéptica, más rabiosa y lúcida si se quiere. En Notes del capvesprol, por ejemplo, el escritor reflexiona sobre el peligro de caer en manos de los admiradores, ese séquito de palmeros atraídos por el éxito. A las obviedades iniciales, como que hacen perder el tiempo y que resultan pesadísimos, la reflexión de Pla adjunta una curiosa lectura de las costumbres políticas de nuestro tiempo. «En el món en què vivim –señala–, només hi ha una solució per a aquesta història: que l’admirat esdevengui un admirador dels admiradors. […]. És el que ha passat amb els polítics europeus actuals. El poble és admirat pels  polítics i el poble mana.» Por aquellos años –mediados los setenta– Pla desconocía sin duda los efectos corrosivos del lenguaje políticamente correcto –el mismo que exige esa cursilada de “padres y madres”, “niños y niñas”– o la creciente influencia demoscópica en los programas de gobierno; pero sí sabía bien cuál es el verdadero recorrido de la demagogia aplicada al embrutecimiento de la vida social. La demagogia consiste en negar a la realidad sus potencialidades de mejora en nombre de una serie de promesas abstractas, huecas y sentimentales.

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Dificultoso, pero firme

Ha pasado ya el ecuador de 2015 sin que hayamos arribado a ningún Finis Mundi. Ni Grecia ha sido expulsada del conjunto de Europa –si bien, con su deslealtad, ha hecho méritos para ello–, ni el euro se ha roto, ni ha llegado la república a España después de las autonómicas de mayo. De hecho, ha sucedido lo contrario: con la notoria excepción griega, la mayoría de economías de la UE han empezado a remontar. Se crea empleo, cae el déficit, las empresas globales incrementan sus beneficios, los salarios –aunque levemente–  empiezan a subir, el turismo se encuentra en máximos. No es un mundo color de rosa, pero  tampoco es el estercolero de la Historia.

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Dos mujeres

Dos son las mujeres que me acompañan este verano, aunque sean más, muchas más, las que nutren mi vida (y hablo sólo del arte): Jane Austen y  Charlotte Brönte, Simone Weil y Rachel Bespaloff, Ida Haendel y Tatiana Nikoláyeva, Marilynne Robinson y Emily Dickinson… Pero estas noches de calor espeso y humedad aplastante en que leo a James Salter y a la Karénina, me doy cita de nuevo con el pianismo noble y viejo de la rumana Clara Haskil (1895-1960) y de la rusa Maria Yúdina (1899-1970); judías la dos: sefardita de Bucarest la primera y cristiana ortodoxa conversa la segunda, con una raigambre mística que la llevó a desafiar el estalinismo y el régimen soviético. Amiga de Pasternak, se cuenta que la primera lectura clandestina del manuscrito de Doctor Zhivago tuvo lugar en el apartamento de Yúdina, en el que quizás también se reunieran para la ocasión Anna Ajmátova, Dmitri Shostakóvich y Nadezhda Mandelshtam. «Hay maestros –sostiene el compositor Alfred Schnittke, refiriéndose a la pianista de Nével– que enseñan paso a paso, sin dejar espacio para el error. Hay otros que te abren horizontes y te enseñan a mirar a lo lejos. Los hay finalmente, como Yúdina, que sencillamente siguen su camino sin importarles en absoluto quién los acompaña, aunque sean muchos los que lo hacen desde la distancia, por aquello hacia lo que apunta».

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