Lee Kuan Yew

El poder económico e industrial se desplaza hacia el Pacífico: Japón, Corea del Sur, Singapur, Taiwán, Vietnam; y, sobre todo, los dos viejos imperios orientales: la India y China. La textura cultural de Asia forma parte del mito: geografías lejanas y opacas para los occidentales, idiomas y hábitos incomprensibles a nuestra mirada, disciplina extrema, rigor moral confuciano o politeísmo informe en la religión hindú. Su veloz adaptación a la modernidad – eficiencia tecnológica, calidad educativa, dinamismo comercial – no ha dejado de constituir una sorpresa para el europeo medio que vive de espaldas a la globalización. Mientras la UE continúa inmersa en un proceso de consolidación supranacional, Washington dirige sus sensores hacia el Este. Las prioridades cambian. Ya nadie duda de que China se convertirá, al cabo de unas décadas en el gran poder geoestratégico del Pacífico. Marchamos hacia un espacio bipolar, de equilibrio renovado.

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Una legislatura corta

Foto de Luis García

Tras Andalucía, y desplazando la incertidumbre, llega la contienda autonómica. De la vieja política a la nueva, los arcos se tensan con mayor o menor moderación según los resultados. El monocultivo conservador de la última legislatura va a dar lugar a un previsible mosaico parlamentario. La España en  bancarrota que dejó Rodríguez Zapatero daría paso a la España ingobernable de la fragmentación. No hablamos tanto de la muerte del bipartidismo –ya que aquí no hemos asistido a un asesinato ni a un suicidio– como de una premeditada deconstrucción. Se ha procedido a descomponer, pieza por pieza, los pilares de la democracia bajo el imperativo de la incompetencia y el rigor de los extremos. La necedad de la clase gobernante, traducida en rigidez burocrática y falta de estrategia competitiva, ha terminado por generar un ecosistema de incentivos perverso. Así la corrupción, que ahora percibimos como un mal generalizado, es consecuencia de una determinada cultura que la sociedad no sólo tolera sino que ha favorecido en gran medida. Diríamos que la mala cultura se replica a sí misma, del mismo modo que las buenas prácticas actúan como anticuerpos naturales. El agotamiento de la estabilidad y la deriva italianade la política nacional admiten una lectura pesimista que fenómenos populistas como la CUP o Podemos capitalizan a su favor. Que los arcaísmos ideológicos pasen por referentes de la modernidad nos dice mucho del miedo transversal que recorre este país, todavía excesivamente encerrado en el bucle de su narcisismo. Hay, sin duda, una España que se abre decididamente al exterior, que compite de tú a tú con sus rivales europeos, que crea e innova, frente a otra que subsiste desorientada, a la espera de algún maná, ya sea en forma de dinero público, de renovada burbuja crediticia o de milagro celestial. Los analistas aventuran que la Grecia de Syriza representa el espejo de España, a la espera de que un eventual “Grexit” no suponga también nuestra salida de la moneda única. Pero en lugar del horizonte griego –es decir, una victoria aplastante de la extrema izquierda–, la hipótesis italiana resulta a día de hoy más plausible: coaliciones amplias que derivan en gobiernos ineficientes. El exceso de diversidad determina la parálisis.

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Pasok a Pasok

Un partido sin proyecto ni ideología, un partido descompuesto por su pasado inmediato – el zapaterismo – y al que le han robado la historia – la modernización del país, Europa, el pacto del 78 – es un partido que se dirige lentamente hacia la irrelevancia. Carente de nervio, sin discurso propio ni un horizonte electoral definido, más allá de los tradicionales feudos del sur, uno se pregunta si el PSOE sabrá reinventarse. En la orilla opuesta, y aquejado por el síndrome de la corrupción, el PP cuenta a su favor con el superglue del poder, ese pegamento universal que aferra las diferentes facciones a sus respectivas sillas. Faltos de una alternativa real a la derecha – Vox no pasa de constituir una anécdota –, los populares se ofrecen en su campaña como único partido del orden: ortodoxia contable, endurecimiento de las penas, fiabilidad europea y patriotismo constitucional frente a las tendencias centrífugas del nacionalismo. La idea de orden resume el nuevo programa del Partido Popular, con la garantía de un crecimiento económico que se acerca ya al 3% en este 2015. Al igual que un registrador de la propiedad a la antigua, Rajoy perdura como una especie de fósil en medio de un evidente proceso de relevo generacional, que va de la política a la economía, de lo analógico a lo digital. Diríamos que el PP carece ya de un cuerpo sólido de creyentes – éstos se sitúan entre los partidarios del bolivarismo, los doctrinarios del dret a decidir y los simpatizantes del dúo Rivera & Garicano –; pero mantiene, en cambio, el control emocional de la clase media conservadora, que aspira a cualquier cosa antes que a la incertidumbre fatídica de los experimentos. Posee fortaleza suficiente para preservar la columna vertebral de sus votos; aunque quizás no la mayoría necesaria, sobre todo en las autonómicas y municipales, donde el descalabro será notable. Sin embargo, la ruina que amenaza al PSOE es distinta y, de hecho, más honda; nace de la ausencia de un discurso mínimamente creíble, ni que sea como garante de la necesaria estabilidad institucional o como modernizador de las estructuras anquilosadas del país. El chiste malo que circula por las redes asegura que los socialistas avanzan pasok a pasok hacia su disolución. Es todavía pronto para saberlo.

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