El Mesías

También la pequeña historia guarda recelosa sus secretos. A pesar de su fama, nadie sabe, por ejemplo, cómo sonaban originalmente los violines Stradivarius, los Guarnerius o cualquier otro instrumento de la mítica escuela de Cremona, ya que los que se conservan en la actualidad – hay cinco, pongamos por caso, en el Palacio Real de Madrid – están completamente modificados. Me lo contaba este jueves, en casa, un amigo violinista. “Los grandes violines históricos – me decía – son como cuerpos devorados por las cicatrices: el barniz original ya no existe, el mástil y la voluta han sido cortados y reemplazados varias veces (una práctica muy habitual en el siglo XIX cuando se empezaron a sustituir los violines barrocos por los de concierto). Las tapas han sido abiertas en múltiples ocasiones, ya sea para cambiarles el alma o la barra armónica. Por supuesto, a ello se suma el puente nuevo, las reparaciones, etc. Sólo queda del original la madera base y así resulta imposible dilucidar cuál era su auténtico sonido en el Barroco.” Y, de hecho, cuando se han efectuado pruebas a ciegas para comparar Stradivarius y Guarnerius con instrumentos fabricados hoy, los antiguos no han quedado mejor situados que los modernos, sino más bien al contrario. En una entrevista le preguntaron al reputado intérprete Ytzak Perlman si alguno de sus violines modernos sonaban tan bien como su maravilloso Stradivarius “Soil” y contestó: “Sí, seguro que sí; pero, ¿sabe?, con ellos no me siento tan seguro”.

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Puro mimetismo

Un viejo dicho en inglés sostiene que las ideas tienen consecuencias. Resulta lógico que sea así. No significa lo mismo creer que España es “una, grande y libre” o afirmar que nuestro país constituye una nación plural. No es lo mismo defender que la nación configura la identidad de los ciudadanos o creer que el sustrato de la persona resulta mucho más complejo y hondo de lo que pueda determinar cualquier ideología. En el plano económico, no es exactamente igual defender la socialdemocracia, el neoliberalismo o el reformismo centrado.

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Lo que nos nutre

Uno piensa que la lectura se justifica por sí misma, pero seguramente sea más acertado considerar que la literatura surge del tapiz de matices que teje el misterio de la vida. Fue debajo de un árbol donde mandaron a Agustín  de Hipona que dejara de lado sus ensoñaciones y se pusiera a leer. Orden taxativa que indica que lo que nos nutre – las palabras – también nos ilumina. Lo mejor de Europa se ha alimentado durante siglos de esta luz peculiar: el paso de las estaciones, los libros, el equilibrio de las cuentas, la racionalidad ejemplar, el sosiego…

La isla (Carta a Joseba Louzao)

Querido Joseba,

Ser isleño define el carácter tanto como haber nacido en Bilbao, veranear en las lujosas residencias de Mount Desert Island (Maine) o crecer junto a las galerías de un museo particular, como tu admirado Mosse. Recuerdo haber oído que de niño algún anciano todavía se preguntaba, entre el escepticismo, la duda y una nota de sorna, si el mundo exterior era tan grande como la isla o si, por el contrario, Mallorca agotaba las posibilidades del universo. La respuesta es que la insularidad constituye una civilización que delimita sus propios límites, un microcosmos conceptualmente infinito. “A un continental – constata J. C. Llop en una entrevista concedida a Pere A. Pons -, jamás se le ocurriría pensar que todo un universo cabe en su propio territorio”. Pero es así – lo isleño, digo -, como me imagino que quizás también suceda en tu Bilbao natal, aunque eso ya lo desconozco.

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