Anglomanía

Pompa y circunstanciaDe norte a sur, de este a oeste, el brillo de Inglaterra se mantuvo durante más de doscientos años sin que grandes cismas afectaran a su prestigio. Fue un claro precedente del soft power americano, ese poder suave que penetra a las naciones hasta el tuétano, trazando un marco imperceptible en cuyos límites se contiene la civilización. Los pueblos aman aquello que sienten que los ensalza, ya sea la distinción del esnob o el mimetismo gregario. Así, el amor por lo inglés, la anglofilia como carácter, describirá hasta bien entrado el siglo XX la esencia del buen gusto, del saber estar y del fair play. Definirá incluso la hombría, en el sentido singular que asociamos a la flemática personalidad de un gentleman. Si para Kazantzakis – cito a Ignacio Peyró en Pompa y circunstancia –, el tono característico de cualquier  caballero inglés incluía «el movimiento de una mano, el tono de la voz, un aire al andar, un modo de vestir, de comer, de divertirse, “esa intensidad fría e insuperable con que ama el campo, el juego, las mujeres, los caballos o el Times”», para el cardenal Newman la definición se ampliaría hasta circunscribirse al ámbito preciso de la bondad: «Un gentleman – anotó en 1865 – es quien nunca causa daño». Oscar Wilde, más irónico, aunque no menos british, aclaró que el auténtico caballero «nunca ofende sin intención». Sería, finalmente, nuestro Lorenzo Villalonga quien hispanizara la acepción, recomendando que sean los gañanes quienes traten con gañanes.

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A la carta

Para el filósofo coreano Byung-Chul Han, las cartas constituyen el alimento predilecto de los fantasmas. “Los besos escritos – apunta – no llegan a su destino. Los fantasmas los cogen y se los tragan por el camino”. Han piensa en la comunicación digital – de Twitter a Facebook o al correo electrónico –, pero cita a Kafka y su correspondencia con Milena, ese resto de un mundo clásico y burgués llamado a extinguirse durante el siglo XX. “¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? –se preguntaba el autor checo–. Se puede pensar en una persona distante, se puede aferrar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas”. Y, sin embargo, ¿qué es la literatura sino un registro de los espectros que iluminan o ensombrecen la vida? Los fantasmas se alimentan de nuestros besos escritos, del mismo modo que nosotros nos alimentamos de ese diálogo –ficticio o no– que se sostiene en el espacio y en el tiempo, entre el que escribe y el que lee.

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