
El milagro de Austen es la ausencia absoluta de artificio. Como señala el crítico norteamericano William Deresiewicz en su fundamental A Jane Austen education: “al eliminar de sus novelas todas aquellas circunstancias extraordinarias que llaman nuestra atención, la autora reclama que nos centremos en aquello que habitualmente dejamos de lado en la narración: nuestro día a día”. La idea pudo parecer revolucionaria en la Inglaterra romántica de finales del XVIII y principios del XIX, pero mantiene hoy toda su originalidad: cualquier vida – incluso la más monótona – merece ser contada. No somos pobres en historias memorables – como alertaba el filósofo alemán Walter Benjamin -, sino que simplemente no sabemos sorprendernos ante la milagrosa sustancia de la cotidianidad. Adentrándose en las grandes novelas austenianas – Emma, Orgullo y Prejuicio, Mansfield Park -, el lector recorre la humilde geografía de cualquier relación humana: el amor, la amistad, el afán de aprender, la brillantez necesaria del wit, las convenciones sociales; la dificultad, en definitiva, de madurar y crecer, de ser…
Artículo publicado en Ambos Mundos
