Un cuadro

El amor exige cercanía, tanto como cierta dosis de costumbre. Mi cuadro preferido es el que me acompaña todos los días, al despertar, junto a las cortinas que tamizan la luz matinal. El cuadro no es un Velázquez, ni un Vermeer, ni un Rembrandt, ni un Tiziano, ni un Rothko o un Hopper, artistas a los que admiro, sino un dibujo a lápiz del pintor valenciano Marcelo Fuentes. Una azotea, un depósito de agua, una farola y un bloque de apartamentos al fondo es todo lo que nos muestra. Su luz, asombrosa, se condensa como un destello metafísico, testimonio de la memoria apagada del mundo. Pintor literario por antonomasia, sus cuadros solidifican el silencio, adensándose en una realidad perturbadora, más plena y frágil al mismo tiempo.

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Lee Kuan Yew

El poder económico e industrial se desplaza hacia el Pacífico: Japón, Corea del Sur, Singapur, Taiwán, Vietnam; y, sobre todo, los dos viejos imperios orientales: la India y China. La textura cultural de Asia forma parte del mito: geografías lejanas y opacas para los occidentales, idiomas y hábitos incomprensibles a nuestra mirada, disciplina extrema, rigor moral confuciano o politeísmo informe en la religión hindú. Su veloz adaptación a la modernidad – eficiencia tecnológica, calidad educativa, dinamismo comercial – no ha dejado de constituir una sorpresa para el europeo medio que vive de espaldas a la globalización. Mientras la UE continúa inmersa en un proceso de consolidación supranacional, Washington dirige sus sensores hacia el Este. Las prioridades cambian. Ya nadie duda de que China se convertirá, al cabo de unas décadas en el gran poder geoestratégico del Pacífico. Marchamos hacia un espacio bipolar, de equilibrio renovado.

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Retrato de un reaccionario

Con frecuencia son los pensadores que han logrado evitar el estridente dictado de su época los que nos ayudan a comprender quiénes somos. Los libros de la filósofa Simone Weil continúan incomodando hoy tanto como lo hicieron entre sus contemporáneos. La importancia de un escritor como Albert Camus – de quien este año celebramos el centenario de su nacimiento – en ningún caso es la de un abanderado de las ideologías partisanas, a derecha o a izquierda del espectro político, sino la de un intelectual que fundamentó en la conciencia la razón de ser de su obra. El novelista Joseph Roth hizo del sentido profético (la búsqueda de capas de sentido que nos permitan hacer frente a la descomposición cultural del nihilismo) el motivo último de su literatura. Asediados por la maldición de Casandra, los profetas corren el riesgo de la excentricidad.

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Arturo Benedetti Michelangeli

I

Hace ya tiempo, un batería de jazz me contó la siguiente anécdota que nos habla de la relación entre maestro y discípulo, pero también sobre la esencia del arte. Los protagonistas son Arturo Benedetti Michelangeli y la joven Martha Argerich. Debió de suceder a principios de los sesenta, quizás a mediados. Día tras día, Martha tocaba al piano ante el legendario pianista de Brescia, que la escuchaba distante. El silencio se interponía como una frontera entre dos épocas, sin que en ningún momento el afamado concertista italiano corrigiera a su alumna. Al finalizar la clase se despedían educadamente y se citaban para el día siguiente. Una mañana, al terminar una pieza, la muchacha se atrevió a comentar:

Maestro, no entiendo su silencio.
Michelangeli clavó sus ojos en el semblante de la joven pianista y le contestó:

Tienes que aprender a interpretar mi silencio y dejar que hable en ti. No te puedo enseñar nada más.
Ella siguió ensayando, sin cruzar ninguna otra palabra.

La anécdota tal vez sea apócrifa, pero resulta verosímil.

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La pianista de Stalin

Maria Yudina fue, sin quererlo, la musa de Stalin. Nació en 1899, en la pequeña localidad de Nével, en el seno de una familia judía. Era una pianista robusta, masculina, extremadamente subjetiva, que había tenido como compañeros de clase a Shostakovich y a Sofronitsky, el yerno de Scriabin. Su estilo era rotundo y, a menudo, carecía de matices. En una ocasión, Sviatoslav Richter le preguntó por qué había interpretado una pieza de Bach con tanta agresividad: “Querido Slava – contestó iracunda Yudina -, ¿cómo quería que tocara? ¡Estamos en guerra!”. Otra vez, aludiendo a unas sobrecogedoras variaciones beethovenianas, sostuvo que en esa partitura resonaba “el martillo que clava a Cristo en la cruz”. Percibía toda la música con esa misma intensidad, poco importa que se tratase de Stravinsky – al que adoraba -, de Beethoven, de Bartók o de Mozart. Era, sin duda, una de esas mujeres a las que aludía su amigo Osip Mandelstam en el último poema que escribió en su destierro de Vorónezh:

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El dietario

En El futuro de la Historia, el ensayista húngaro John Lukacs señala que los conceptos marcados por el prefijo auto – autoestima, autocompasión, autoconocimiento – “hicieron su aparición en el idioma inglés durante el siglo XVII; ego y egoísmo llegan un poco después”. Cabe inferir, entonces, que en el lapso de apenas 100 o 150 años surgió un nuevo modo de concebir la Historia y de entendernos a nosotros mismos.

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