os shocks sistémicos desnudan a los países. Recordemos los años previos al periodo aciago de 2008-2011, cuando España presumía de superávit fiscal, crecimiento económico e incluso de una renta per cápita —Zapatero dixit— que superaba a la italiana y desafiaba la supremacía francesa. Las joyas de la corona eran el sector financiero —el más sólido de Europa— y el inmobiliario —que aspiraba a convertirnos en la Florida del continente—. Llegó la oleada de las subprime y, poco después, la de la deuda soberana, que nos dejó a la intemperie, arruinados y empobrecidos para unas cuantas décadas.
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