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La luz que no llega a tocarnos

El reciente giro teológico de la cultura –del que hablaba en mi columna de la semana pasada– responde a una crisis de carácter existencial. Y es que a pesar de las promesas del denominado «evangelio de la autosuficiencia», ni la razón ilustrada ni la posmodernidad han sido capaces de curar nuestras heridas ni de eliminar completamente el eco de la trascendencia.

Entre los ensayistas actuales que han tratado el tema, quizás el más original sea Erik Varden, monje trapense y obispo de Trondheim, el cual ha propuesto una audaz interpretación de la fragilidad humana en una suerte de tríptico que arranca con La explosión de la soledad, prosigue con su punzante indagación acerca del concepto de castidad y culmina con una serie de meditaciones sobre las heridas que sanan. Pero la obra del joven autor noruego es sólo un ejemplo más de una corriente que ha recuperado para el debate contemporáneo la presencia de una huella de lo sagrado en el transcurso de la historia.

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