Amediados de la década de los ochenta, el presidente francés François Mitterrand impulsó un plan europeo para la ciencia denominado Programa Eureka. Pretendía ser la respuesta comunitaria a la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) de los Estados Unidos, más conocida popularmente como Guerra de las Galaxias. Mitterrand no quería una Francia sometida a la tecnología americana y sabía que sólo si se sumaba un número suficiente de países –y un presupuesto generoso–, Europa podría situarse de nuevo en la vanguardia científica. Eran los años en que Airbus, una historia de éxito, buscaba desafiar a Boeing y en que los cohetes Ariane competían de tú a tú con las lanzaderas americanas. En Francia se respiraba la grandeur del viejo imperio y la República Federal Alemana aún no se planteaba los costes de la unión con la República Democrática.
El silencio de Europa

