Podría decirse que, cuando san Agustín escuchó la voz de un niño que le decía: «Toma y lee», empezó la edad de la lectura. Hablo, por supuesto, simbólicamente porque el prestigio de la lectura es anterior a la inolvidable imagen que nos proporciona el santo de Hipona en sus Confesiones. «Toma y lee» quiere decir que el hombre encuentra en las páginas de los libros las respuestas a sus más hondas inquietudes. Los monjes, que en la Edad Media salvaron Europa, practicaban diariamente la lectio divina, por medio de la cual escuchaban y meditaban atentamente las palabras de los textos sagrados. Las escuelas de traductores –del hebreo, del árabe, del latín o del griego– tendían puentes de significado entre diferentes culturas.
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