Hemos leído tanto a Kennan que no podemos abordar la realidad rusa sino desde el prisma de sus ideas. Tenía una mirada demasiado literaria como para no ser a la vez escéptico, conservador y profundamente pesimista con la condición humana. Desconfiaba de la mentalidad militar cuando se inmiscuye en la escena política y le repugnaba la demagogia de los sofistas. «Siempre he pensado –escribió en 1934, al poco de llegar a Rusia– que la literatura constituye un tipo de historia: el retrato de una clase determinada en un tiempo determinado. […] Si Chéjov supo describir a la gente de los pequeños pueblos rusos con un atractivo universal que incluso un ciudadano americano de nuestros días sabe apreciar como auténtico y verídico, ¿por qué no intentar describir a los cuerpos diplomáticos en Moscú del mismo modo?».
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