Durante décadas los intelectuales europeos se burlaron de la excepcionalidad americana, a la vez que construían un mito fundacional según el cual la Unión Europea representaba una forma superior de hacer política. Era el comercio y no la fuerza bruta; el multilateralismo y no la hegemonía militar. Importaba poco que el gran despliegue de soft power –por utilizar la famosa expresión acuñada por Joseph Nye– fuera casi un monopolio de la cultura americana (de Hollywood y las ficciones de HBO/Netflix a la música pop); aun así, Europa seguía presentándose como un modelo ideal para el siglo XXI, una sociedad avanzada y progresista sin conflictos internos graves. Hasta que llegaron, claro está, al igual que ha sucedido en todo Occidente: convulsiones populistas y erosión de las clases medias, inmigración descontrolada y pérdida de oportunidades laborales.
El espejismo de la excepcionalidad europea

