Aprincipios de los noventa salí solo y a pie hacia Santiago de Compostela. La moda jacobea, que tanto ímpetu adquiriría con los años, empezaba a propagarse, gracias al impulso de la Xunta y de las distintas asociaciones de amigos del Camino. Quiero decir que era un mundo aún rudimentario, donde las mangueras, en muchos albergues, suplían a las duchas. La primera noche, en Zubiri, conocí a un grupo de jóvenes belgas: eran cuatro o cinco e iban acompañados por dos adultos. Me hice amigo de uno de ellos, un chico culto, quería ser escritor y soñaba con graduarse en Lovaina. Le gustaba la música y la literatura –Paul Auster y Thomas Pynchon, por ejemplo– y hablaba el español bastante bien, además del inglés, el francés, el flamenco y el alemán. Cuando se es tan joven se mira el mundo con una nitidez especial, con un anhelo de luz que borra cualquier sombra.
LEER ARTÍCULO COMPLETO EN THE OBJECTIVE

