Conviene detenerse en las dobles miradas: opuestos que dialogan, paradojas que alternativamente iluminan y ocultan. Dos nombres, George F. Kennan y John J. Sullivan, ambos antiguos embajadores americanos en Moscú, nos ayudan a entender el destino de una guerra, la de Ucrania, en la que se cifra también el destino de Occidente.
El pensamiento de Kennan está tejido con la tela de los mitos y su voz tiene algo de profética. Analizaba la realidad con mirada literaria, lo cual le permitía desligarse de la dictadura que imponen el tiempo y sus modas ideológicas. Conservador hasta la médula, quizás incluso reaccionario –en el sentido que daba al término su amigo John Lukacs–, Kennan detestaba la deriva política de su país (la que había impuesto, por ejemplo, Ronald Reagan y, desde luego, Joseph McCarthy), que veía como un peligroso giro hacia un populismo de derechas. Si hoy lo recordamos, sin embargo, no es por su mirada sobre los Estados Unidos, sino por aquel famoso telegrama largo de 1946 en el que puso las bases de la llamada «doctrina de la contención», que cimentó la postura occidental ante la Guerra Fría.
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