Hace ocho años, cuando Donald Trump ganó por primera vez las elecciones presidenciales, su figura y las ideas que propugnaba formaban parte del amplio espectro de la extravagancia política. Era un friki y así le trataba la prensa internacional. Los populismos –de izquierdas o de derechas– no provocaban sino el desdén de las élites culturales. Los modelos eran Barack Obama y Angela Merkel: un liberalismo –ya fuera progresista o conservador– de rostro sofisticado y analítico. La Cataluña independentista se veía a sí misma como la Dinamarca del Mediterráneo; aunque también se barajaba la opción de los partidos reformistas de «extremo centro», como Ciudadanos de Albert Rivera y Luis Garicano.
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