Hace unos cuantos años, el filósofo Robert Spaemann publicó un libro titulado El rumor inmortal. En él hablaba de Dios y del hombre, y del hilo sutil que une a los dos. “Allá donde hay seres humanos –escribía– es posible escuchar el rumor de Dios”: una especie de vibración en forma de angustia y de alegría, de interrogantes y de certezas, de misterio y de negación de ese mismo misterio. La pregunta sobre un mundo radicalmente desligado de Dios –o de lo que Él representa– plantea otras muchas cuestiones: la de la primacía de la verdad sobre la destrucción o la de la belleza en su estrecha relación con la realidad. ¿En qué se fundamenta la dignidad del hombre? ¿En un consenso o en la sacralidad última de la condición humana? La tesis de Spaemann es que el hombre no puede –ni seguramente debe– acallar el murmullo de fondo sobre el que se ha levantado nuestra cultura y nuestra civilización.
El rencor inmortal

