La mejor España surge cuando se para a pensar y sigue un plan trazado; cuando se propone objetivos nobles, no se encierra en sí misma y perfecciona un estilo inteligente y generoso a la vez. La peor España, en cambio, aparece cuando embiste ciega al adversario, llevada por sus pasiones, presa del voluntarismo y la torpeza. Sería el tiquitaca frente a la táctica de la patada hacia adelante, por utilizar dos símiles futbolísticos. Menotti dijo una vez que España debía abandonar la furia como marca de juego y está bien visto. Lo hizo y ganó un Mundial y dos Eurocopas. Abandonar la furia –el grito de “¡a mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!”– es reconocer que los problemas se solucionan sobre todo con preparación, cuidado meticuloso, saber hacer, voluntad decidida –que no es la voluntad anárquica ni ciclópea, sino una voluntad organizada–, y con la mirada puesta en nuestros hijos –que son el porvenir– y no en el hoy, no en un ahora que todo lo agota y lo corrompe.
La España que embiste

