
Como todos los grandes exponentes de civilización a lo largo de la historia, la luz inglesa ha perdurado más allá de los límites temporales de su imperio. Comprueben el poso de sus instituciones parlamentarias, de las que la Europa postotalitaria no deja de ser, en gran medida, heredera. O el eco perenne de la novela decimonónica – Jane Austen, pongamos por caso, o Charles Dickens – sobre la que se articula el arte de la narración. Incluso, si nos propusiésemos retratar sin piedad a nuestra época, el tránsito de Laurence Olivier a David Beckham revelaría con asombrosa exactitud lo que se ha perdido por el camino. Será un historiador tan penetrante como el húngaro John Lukacs quien nos recuerde que, durante la II Guerra Mundial, la anglofilia de los soldados aliados reflejaba «el respeto y el anhelo por los ideales que han definido lo mejor de la humanidad». Y señalaba, con cierto pesimismo, que «uno de los grandes libros que todavía no se ha escrito es el de la anglomanía». Aunque muchos – de Ian Buruma, por ejemplo, a Roger Scruton – lo han intentado en grado distinto de ambición, ninguno de ellos alcanza el vuelo – ni la meticulosidad – de Ignacio Peyró con su reciente Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (Fórcola, 2014).
Evitar los elogios desmedidos no supone hablar en tono menor. Nos encontramos ante una obra monumental, un ensayo de fondo de armario, con vocación alejandrina y aliento europeo, que se nutre de miles de lecturas y de un sentido del humor a la altura del desafío. Leyendo Pompa y circunstancia situamos el anecdotario en ese punto justo donde aguarda la arquitectura multiforme, intangible como la niebla, extravagante y serena de lo inglés. Aprendemos a preparar un Pink Gin con la receta del novelista Kingsley Amis o descubrimos que Churchill, como tantos otros antes y después de él, empleaba el champagne – en su caso, Pol Roger – como un “restitutivo”. De los Aston Martin a los autobuses londinenses, del corte de pelo en Trumper’s a las Mitford, Peyró desgrana con rigor taxonómico el abecedario de la Inglaterra eterna. De este modo, recuerda que los clubs «siempre se han regido según la vieja máxima ovidiana de que el hombre ha de buscar a sus amigos entre sus iguales» y que, en los mismos, «la rareza propia se suma a la ajena y todas se protegen hasta convertirse en invisible». Evoca que «la moral del gentleman es como una lengua materna que uno recibe y pondrá en práctica aun cuando no logre explicar su gramática». Y subraya, en fin, que la anglofilia marca uno de los solares antiguos de Europa, uno de sus territorios más fértiles.
Artículo publicado en Diario de Mallorca
