Cuando se acerca la Navidad, me gusta regresar a los orígenes. A partir de una edad, es la melancolía por la infancia ya lejana la que acude en primer lugar. También el dolor por la pérdida de los seres queridos. La Navidad, sin embargo, nos ofrece una arquitectura de la intimidad, una sucesión de ritos familiares que preservan nuestra inocencia como en un tiempo suspendido. Su gran don consiste en unir la experiencia temprana de felicidad con la esperanza.
T.S. Eliot, quizás el mayor poeta anglosajón del siglo XX, subrayó esta misma idea en el verso con que se abre «East Coker», el segundo de sus Cuatro cuartetos. Son palabras lapidarias: «En mi principio está mi fin». Se trata de una verdad perturbadora. O al menos así la interpreto yo: si queremos conocer nuestro destino, conviene que nos asomemos a nuestros inicios. No, desde luego, como una carga freudiana ni como una inevitable retahíla de traumas. Bien al contrario, el origen contiene la promesa de un nuevo comienzo. A través de su sabia liturgia, el Adviento y la Navidad nos lo recuerdan con el afecto y la delicadeza propios de los grandes relatos.

