Tiempo y melancolía

La música es tiempo y melancolía. También el anuncio de un futuro que rompe la sucesión de las horas, como el reflejo de una luz pura. Tiempo, melancolía y eternidad: tres conceptos que maneja con especial fruición el crítico musical José Luis Téllez en una antología de breves ensayos que sólo podemos calificar de soberbios. Se titula Música reservata (Fórcola, 2019), al igual que el mítico programa que dirigía y presentaba entre los años 80 y los 90 en Radio 2 (hoy Radio Clásica).

Entre las viejas polifonías renacentistas y la más estricta vanguardia –de Josquin y Tomás Luis de Victoria, por ejemplo, a Alban Berg y Olivier Messiaen–, el programa radiofónico de José Luis Téllez educó a una multitud de oyentes en la belleza sabia y serena de la gran música. Como podemos leer en uno de los capítulos, «Música reservata» hace referencia a un conjunto de composiciones que apelaban en su inicio a un público minoritario y culto, dispuesto a asumir la difícil exigencia de la belleza. No hablamos de un arte pensado para las grandes masas, sino de un lenguaje más refinado y exquisito que, al igual que sucede con la poesía y la pintura, modela el alma del hombre.

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El misterio del cuerpo de Dios

A lo largo de su pontificado, Benedicto XVI insistió una y otra vez en el doble asidero de la santidad y la belleza. Si la existencia de Dios exigiese una prueba, alegaba, habría que buscarla más en la vida lograda de los santos y en la calidad trascendente del arte cristiano que en las viejas vías tomistas o en el conocido argumento ontológico de San Anselmo. Paradójicamente, también el nihilismo –pienso ahora en la figura de Emil Cioran– utilizará un razonamiento similar. Así, para el filósofo rumano la música de Bach constituye la prueba última de Dios, su mejor línea de defensa. Lo importante aquí, sin embargo, es el punto de intersección que planteaba Ratzinger entre la santidad y la belleza, que encontraríamos en la encarnación. Dicho de otro modo, tanto la vida como el arte cristianos se alejan inicialmente de la abstracción para volverse concretos, humanos, reales.

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