Pierre Michon

Decía Borges que Francia es una literatura infinita, un compendio de distintas tradiciones que no se someten a un solo autor o a una sola escuela. La inteligencia borgeana es muy dada a este tipo de boutades. España no es sólo Cervantes, como llegó a afirmar el argentino en alguna ocasión, pero tampoco deja de ser Cervantes. Del mismo modo que Francia no es sólo Flaubert ni Pascal, sino una biblioteca por la que circula la sangre de toda la literatura europea. También ahora se da en Francia esta pluralidad de voces, en la que destacan dos autores: Pascal Quignard y Pierre Michon, con sus dos escuderos de lujo, Jean Echenoz y Patrick Modiano, además del poeta todavía ignoto –en España- Christian Bobin.

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Las últimas cartas de Tomás Moro

“El hombre puede ser libre en cualquier época, si sigue su conciencia” escribió el vienés Stefan Zweig poco antes de suicidarse en su exilio del Brasil. Zweig reflexionaba de este modo sobre la figura de Michel de Montaigne, autor de los célebres Essais y uno de los padres fundadores de la conciencia moderna. Hablo de la conciencia moderna y pienso en la autonomía del hombre frente a la tiranía del poder o del fanatismo ideológico. El propio Zweig recuerda que la época  de las grandes persecuciones religiosas en el occidente europeo “no perturbó la claridad ni el humanismo de un Erasmo o de un Montaigne”. Se olvidó, sin embargo, de citar a Tomás Moro, el gran amigo de Erasmo de Rotterdam. Y ese olvido resulta inexcusable puesto que, en el caso de Moro, la conciencia deviene una cualidad trágica: el testimonio ejemplar de que ningún poder puede someter la libertad del alma que busca ser fiel a su verdad.

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El último silencio

Pascal Quignard es el más grande escritor europeo de hoy. Su obra se mueve entre la novela y el ensayo, sin que resulte sencillo distinguirlos, quizá porque Quignard sea de los pocos autores capaces de trabajar a la vez con tres o cuatro registros distintos. Quignard turba y sobrecoge. Su voz brota del silencio y de la música más austera del barroco francés. El tono es ascético, introspectivo, casi desnudo. Los temas se repiten insistentemente: el mundo greco-latino, las huellas jansenistas, el deseo como motor de la vida y de la muerte, una concepción icónica de la pintura… Podemos apuntar aquí algunos de sus grandes títulos: Las sombras errantes, El sexo y el espanto, Odio a la música, Todas las mañanas del mundo, Villa Amalia. Pre-Textos nos ofrece ahora su ensayo sobre Georges de la Tour y, en verdad, resulta difícil pensar en otro pintor más cercano a la peculiar estética del escritor francés.

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