1Q84

En alguna ocasión he afirmado que el éxito de Haruki Murakami se debe al fundamento postmoderno de su sensibilidad y no a la calidad literaria de su obra. Escritor de culto – recordemos que el mítico The New Yorker lo ha encumbrado a él, a Alice Munro y al irlandés William Trevor, como los referentes absolutos de la literatura de hoy -, las novelas de Murakami se acercan peligrosamente a la concepción líquida que un sociólogo como Zygmunt Bauman tiene de la realidad. Sus libros hipnotizan y decepcionan a la vez, casi como un espectáculo pirotécnico de costosa factura. El carácter de sus protagonistas se asocia a la fragilidad cambiante de un mundo que pone en duda la frontera entre lo real y lo irreal. Paisajes urbanos, personajes cultos y solitarios, banda sonora de jazz, gotas de sexo y de alcohol –siempre muy mesurado- y la necesidad perentoria de amor conforman el cóctel de una obra marcada por el éxito de popularidad. Tusquets publica ahora los dos primeros libros de su trilogía 1Q84, de la que en Japón se han vendido millones de ejemplares.

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La autobiografía de Benjamin Franklin

daniel-capo-benjamin-franklinBenjamin Franklin (1706-1790) fue impresor, escritor, científico, inventor y filósofo; un hombre polifacético que nos recuerda, tanto el inicial temperamento renacentista de los EE.UU como el particular sesgo pragmático del país. Hablo de pragmatismo porque no podemos leer estas memorias sin caer en la cuenta de que Franklin fue también el autor del legendario almanaque Poor Richard, un conjunto de máximas sapienciales – en su mayor parte bíblicas – orientadas a reforzar la inserción de las “virtudes burguesas” en el ethos del pueblo americano.

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El comienzo de la primavera

daniel-capo-comienzo-primaveraEn alguna ocasión he escrito que los mejores ejemplos de literatura hispanoamericana actual los encontramos en la obra del boliviano Edmundo Paz Soldán – pienso, sobre todo, en su novela Río Fugitivo – y en la del colombiano Juan Gabriel Vásquez – en este caso, con su no menos espléndida novela Los informantes. Al no contar con el nombre del argentino Patricio Pron, me equivocaba. Apunten a este autor, cuya obra, capaz de crear un mundo narrativo poliédrico y de enorme ambición, asombre por la calidad de su inteligencia.

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José Jiménez Lozano

Toda la literatura de José Jiménez Lozano se sostiene sobre dos ideas que, de un modo u otro, se repiten a lo largo de su obra. La primera es casi un apunte auto-biográfico: “el escritor es alguien que no tiene apenas nada propio, pues todo se le regala y se le da”. La segunda es el desarrollo de una intuición ética fundamental, de inspiración judeocristiana: “la verdad sólo ha hecho su aparición como desgracia e irrisión”, tal como leemos en El narrador y sus historias, uno de los títulos capitales a la hora de desentrañar el misterio de la obra de José Jiménez Lozano. Ensayos, poesía, dietarios, novelas, relato y periodismo constituyen un armazón literario de una altura intelectual y moral muy poco común en España. En primer lugar por lo inusual de la tradición en la que se inserta el escritor abulense: una tradición, sin duda, hispánica y de hondo aliento europeo, pero localizada en los márgenes del canon oficial. Así los estudios que dedica a los moriscos, los judíos o su fundamental Los cementerios civiles y la heterodoxia española, en el que profundizará en las fuentes ilustradas de nuestra cultura. En segundo lugar, autores como Fray Luis de León, Cervantes, Kierkegaard, Flannery O’Connor, Dostoievsky, Simone Weil o los jansenistas resultan recurrentes al leer sus libros.

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Sunset Park – Paul Auster

Amos Oz y Paul Auster. Foto: David Shankbone

Es probable que Paul Auster sea un escritor consumido por su propio éxito. Sus mejores novelas – pienso ahora en La trilogía de Nueva York, Palacio de la Luna, Leviatán o El país de las últimas cosas, por poner sólo unos ejemplos – las encontramos al principio de su carrera, allá por mediados de los ochenta, cuando Auster distaba de ser un autor famoso. Las influencias estilísticas resultaban ya entonces obvias – las había trabajado a fondo en sus años de traductor y de crítico literario, con nombres como Edmond Jabès, George Oppen, o Samuel Beckett -, pero el resultado convencía apelando a los instintos literarios de una clase media urbana y universitaria, levemente postmoderna y, a poder ser, con ciertas pretensiones izquierdistas. Hoy se habla sin rubor del universo austeriano, lleno de guiños al azar, el béisbol, la cinematografía y la metaliteratura. Auster es un escritor de éxito con el peligroso defecto de haberse quedado enconsertado por la reiterada repetición de su fórmula. Dicho de otro modo: Auster resulta, cada vez más, un autor que se conduce por caricaturas. Y quizás por eso interese a un tipo de lector que todavía no se ha hastiado del convencionalismo de la propuesta.

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George Orwell o el horror

A George Orwell le gustaba escribir libros, criar gallinas y cultivar legumbres. “Aparte de mi trabajo – escribió en una ocasión -, la cosa que más en serio me tomo es la jardinería y, sobre todo, el cuidado de mi huerto.” Amaba las costumbres sencillas: la cocina inglesa y el té indio, el tabaco negro, las estufas de carbón… Por origen pertenecía a la clase media-alta, aunque no tardó en renegar de la misma. Luchó en la Guerra Civil Española junto a los republicanos, pero su libro Homenaje a Cataluña constituye una de los alegatos más feroces que jamás se haya escrito sobre las fechorías del comunismo. Detestaba en especial, el totalitarismo, que sabía detectar en cualquiera de sus modalidades. Era agudo, severo, asceta, humano y compasivo. Aspiraba a una prosa invisible – a una “estética de cristal de ventana”, como dijo en más de una ocasión -, porque entendía que el único deber del escritor pasa por servir a la verdad. De ahí que considerara que la escritura sólo puede ser moral y que, en cambio, la ideología es mentirosa, ya que la voluntad de poder sólo oculta un fondo de resentimiento y odio.

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