Brendel, la vieja luz de Europa

Ya al final de su larga carrera como solista, en la entrega del premio que le fue concedido por la crítica londinense en 2002, el pianista Alfred Brendel ofreció tres claves para entender los resortes más íntimos de su universo musical. En el discurso de agradecimiento, Brendel habló en primer lugar de Shakespeare y de un verso de «Otelo» que dice así: «For I am nothing if not critical» («Soy crítico por naturaleza»). Glosó también una idea del poeta romántico Novalis, a la que nuestro pianista ha vuelto una y otra vez a lo largo de su vida, y que alude a la estrecha relación existente en la obra de arte entre el caos y el orden. Y, por último, quizás consciente de que todo lo que no es trágico forzosamente tiende a la ironía, Brendel cita la necrológica que el gran maestro alemán Goethe dedicó al compositor Joseph Haydn. En ella, se dice que «la ingenuidad y la ironía son los distintivos del genio»; para aclarar el músico moravo a continuación: «Nunca me he considerado un genio ni por un instante, pero esa dicotomía, unida a la del caos y el orden, siempre ha resonado en mí como un eco».

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Laberinto de pasiones

Foto: Gage Skidmore

A principios de 2015, Brad S. Gregory publicó un voluminoso ensayo titulado The Unintended Reformation. El profesor de la Universidad de Notre Dame ponía en contacto la lejana Reforma protestante con el rostro poliédrico de nuestro tiempo. Lutero no sólo partió en dos el cristianismo europeo y dinamitó las certezas de la religiosidad medieval, sino que sembró las semillas de la secularización social, sedimentó las diferencias nacionales, sustanció un marco mental favorable a la moral del capitalismo y, en definitiva, sustituyó una metafísica de la mediación por otra de carácter privado y potencialmente plural. No resulta del todo aventurado sostener, aun a riesgo de simplificar, que -si bien en Europa desembocan los afluentes de Atenas, Roma y Jerusalén- nuestro sentido moderno de la democracia debe tanto a los designios de la Ilustración como al fermento previo de la Reforma.

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Arthur Koestler en su propia voz

En octubre de 1925, al poco de cumplir los veinte años, Arthur Koestler preparaba su último examen en el Politécnico de Viena para graduarse como ingeniero. Nacido en Budapest en 1905, hijo único de un rico industrial judío que se arruinó durante la I Guerra Mundial, el joven estudiante se había pasado el verano leyendo a Goethe y su teoría de las dos almas que habitan en cada hombre: dos almas enfrentadas y, en su caso, inquietas hasta el infinito. La duda estribaba entre la vida confortable y apacible de un alto burgués, a la que le invitaban sus estudios de ingeniería, y el anhelo utópico de una justicia universal.

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Una luz que desaparece

Los relatos de emigración constituyen la memoria mitificada del pasado, de un ayer que llega roto, como el fragmento de un mosaico, desconchado por el paso de los años. Con el tiempo –y la distancia– los perfiles se difuminan, los rostros se endulzan o se agrian, el silencio adquiere una densidad especial, misteriosa, nostálgica. En su prólogo a Sabía leer el cielo, John Berger subraya que «el silencio de lo no dicho siempre funciona subrepticiamente junto con otro silencio, que es el de lo indecible. Lo que no se dice en un momento puede decirse en otra ocasión. Pero lo indecible no puede decirse nunca o quizá en una oración, y eso lo sabrá Dios, no yo».

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Ernst Jünger, los acordes secretos

A finales de 1942, el capitán de la «Wehrmacht» Ernst Jünger abandonó París y se encaminó hacia el frente oriental, en el Cáucaso. Llevaba consigo una pequeña Biblia y un cuaderno de campaña. El 2 de diciembre, con el suelo cubierto de nieve, anotó en su diario: «El hálito del mundo de los desolladores resulta a veces tan perceptible que mata completamente las ganas de trabajar, de modelar imágenes y pensamientos. Las malas acciones tienen un carácter sofocante, deprimente; la campiña humana se torna inhóspita, como si en ella se ocultase carroña. En la vecindad del crimen las cosas pierden su magia, su olor y sabor. […]. Mas es precisamente contra eso contra lo que hay que luchar. Los colores de las flores que brotan en la mortífera cresta no deben palidecer para nuestros ojos ni aun cuando se hallen a un palmo del abismo».

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Kennan: cuando la política era inteligencia

El 30 de agosto de 1976, George Kennan, exembajador estadounidense en Moscú, viajó a Washington para comer con Henry Kissinger. En sus diarios, anotó que éste le había confesado su fracaso “en el intento de introducir alguna profundidad de concepto y de sutileza en la diplomacia americana”. Escéptico, pesimista y conservador, Kennan seguramente sonrió aquel día. “Kissinger –prosigue– es un hombre sabio, cultivado y de conversación agradable”. Y apostilla: “Estamos básicamente de acuerdo, sobre todo en lo que concierne a la mentalidad militar y a su influencia sobre la política”.

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