2 comentarios en “Pensar la naturaleza

  1. Estimado Sr. Capó:

    No siempre el idealismo es buen compañero de viaje. Más aún cuando en su tradición consta el mandato de ocultar los precios que impone la consecución del ideal y el entierro a oscuras de los pecios que quedan hundidos a su paso.

    Así es la naturaleza a la que el idealismo anglosajón, como advertía Ortega, poco más que un locus amoenus infantil y aburguesado, desprovisto a punta de cizalla moral de todo rastro de misterio, cercenado hasta lo imposible de riesgo y resistencia, y adecentado para poco más que el paseo de esa especie de hombre de hoy que ante todo cuida de su alma de funcionario. Ya lo apuntó Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, en su novela “El rompimiento de gloria”, y también el asunto consta en otra, “Campo de víboras”: la naturaleza “democratizada” (cual arriba se dice del agro canadiense) prohíbe la teofanía, desinfecta el misterio y dispone el peligro como excusa para su aniquilación. El resultado está a la vista: donde antes hubo campo hoy sólo queda jardín, convenientemente señalizado para la tranquilidad del burgués (del revolucionario) y del idealista (que sacrifica la naturaleza por el ideal de la naturaleza), con vistas y senderos dispuestos por el Estado y regulados por policías (“monitores”, perdón por el palabro) y por organizaciones paragubernamentales que persiguen al paseante solitario. En suma, el hombre de hoy, tan altivo en su ansia de progreso e ideal, detesta al campo, y sólo lo transita si antes convierte veredas y barrancos en el paseo marítimo de Benidorm.

    Se me dirá que siempre estará Constable como lugar intermedio, y responderá uno que no. El paisaje de Constable tiene su sitio su lugar, y Dios quisiera que un día parte del agro ibérico adquiriese su impulso de utilidad y de belleza, pero bien hará ese Numen tutelar que hoy se esconde en simas y encinadas (huyendo del grupo excursionista vestido de chaleco reflectante, del animoso ciclista que lo mira todo sin ver nada, a la horda budista que ensucia el pinar esparciendo su Nada) en ponerle barrera a su ideal, aunque sólo sea para que este viejo cascarrabias pueda un día volver a pasear por las umbrías silenciosas y frías donde, estoy seguro, todavía caben ninfas y sátiros a poco que en ellos se hagan de nuevo silencio y soledad.

    Con afecto de su affmo,
    José Antonio Martínez Climent

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