Pensar la naturaleza

por | Nov 5, 2018 | Animal Social | 2 Comentarios

No podemos entender al hombre sin pensar en el espacio en que está inmerso. Nuestros ancestros más remotos abandonaron África persiguiendo un horizonte ilimitado y desconocido. El crítico Pietro Citati ha observado que detrás de la Odisea se encuentra el espíritu de Occidente, aventurero y ligeramente despreocupado, deseoso de explorar una geografía vasta y extraña: Alejandro Magno mirando hacia Oriente. Pero de vuelta, como un péndulo, también es Atila llegando a Roma o Gengis Kan amenazando las puertas de Viena. Carl Schmitt, en un breve opúsculo escrito en plena guerra mundial, introduce el gran tema de la relación entre la política y el dominio del espacio: hay poderes marítimos que ejercen su soberanía sobre los mares, como el Imperio británico, y otros esencialmente terrestres, como sería el caso de Rusia. Sólo así se explica que Churchill apelara a la guerra marítima, si Inglaterra caía en manos de los alemanes, o que Rusia utilizara la misma táctica engañosa de replegarse sobre una tierra helada para combatir a Napoleón y a Hitler. Si para unos el símbolo es la ballena –como sucede en Moby-Dick, la novela fundacional de los Estados Unidos–, para los otros es el oso que hiberna y que mata con su abrazo y sus garras. No se trata sólo del poder y la política: la riqueza adquiere un perfil geográfico –los campos fértiles de Italia, los ríos navegables, los puertos de mar–, al igual que el carácter. Un poeta como Czes?aw Mi?osz es indisociable de los brumosos bosques de su infancia en Lituania; otro premio nobel, el antillano Derek Walcott, ha escrito que para un isleño el destino es un horizonte. Del relato épico a la poética del matiz, el espacio nos configura con su realismo: las vastas llanuras del Midwest americano y la intrincada retícula del callejero europeo, las altas cordilleras y el paisaje lunar de los desiertos. Si la descripción mítica del Paraíso es el jardín edénico, el fuego apocalíptico se refleja en el espacio: en los ríos y los mares, en el cielo abierto, en la tierra agrietada y baldía.

Pensar el espacio permite pensar al hombre. En su reciente Canadiana (ed. Debate), Juan Claudio de Ramón plantea esta relación de forma directa: si Canadá constituye uno de los más acabados ejemplos de democracia es gracias al fructífero diálogo que sus habitantes han sabido mantener con una naturaleza extrema. «Viajar al Norte es, a efectos prácticos, como viajar a la Luna –leemos en el ensayo–. Por un lado, ese factor distancia hace de la canadiense una sociedad de frontera, vigorosamente solidaria. Para sobrevivir a un impío clima y una vastedad sin igual, han de cooperar unos con otros y socorrerse en caso de peligro. Desde esta perspectiva, no es difícil de entender que haya sido un país propicio al arraigo de ideas socialdemócratas. Por otro lado, la inconsciente apropiación de un espacio infinito hace del canadiense medio un ser contemplativo y moderado». Que las leyes y las instituciones de un país tengan que ajustarse a su perfil geográfico y al clima de la región es algo que ya intuyó Montesquieu y, más recientemente, Jared Diamond en un libro tan citado como Armas, gérmenes y acero. Enfrentado a lo desconocido, el hombre construye una moralidad, que es política, y una sensibilidad, que se traduce en poesía. Respetar y admirar esa realidad a la que llamamos naturaleza supone también cuidar a la humanidad en lo que tiene de más digno.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

 

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

2 Comentarios

  1. Estimado Sr. Capó:

    No siempre el idealismo es buen compañero de viaje. Más aún cuando en su tradición consta el mandato de ocultar los precios que impone la consecución del ideal y el entierro a oscuras de los pecios que quedan hundidos a su paso.

    Así es la naturaleza a la que el idealismo anglosajón, como advertía Ortega, poco más que un locus amoenus infantil y aburguesado, desprovisto a punta de cizalla moral de todo rastro de misterio, cercenado hasta lo imposible de riesgo y resistencia, y adecentado para poco más que el paseo de esa especie de hombre de hoy que ante todo cuida de su alma de funcionario. Ya lo apuntó Santiago de Mora-Figueroa, el Marqués de Tamarón, en su novela “El rompimiento de gloria”, y también el asunto consta en otra, “Campo de víboras”: la naturaleza “democratizada” (cual arriba se dice del agro canadiense) prohíbe la teofanía, desinfecta el misterio y dispone el peligro como excusa para su aniquilación. El resultado está a la vista: donde antes hubo campo hoy sólo queda jardín, convenientemente señalizado para la tranquilidad del burgués (del revolucionario) y del idealista (que sacrifica la naturaleza por el ideal de la naturaleza), con vistas y senderos dispuestos por el Estado y regulados por policías (“monitores”, perdón por el palabro) y por organizaciones paragubernamentales que persiguen al paseante solitario. En suma, el hombre de hoy, tan altivo en su ansia de progreso e ideal, detesta al campo, y sólo lo transita si antes convierte veredas y barrancos en el paseo marítimo de Benidorm.

    Se me dirá que siempre estará Constable como lugar intermedio, y responderá uno que no. El paisaje de Constable tiene su sitio su lugar, y Dios quisiera que un día parte del agro ibérico adquiriese su impulso de utilidad y de belleza, pero bien hará ese Numen tutelar que hoy se esconde en simas y encinadas (huyendo del grupo excursionista vestido de chaleco reflectante, del animoso ciclista que lo mira todo sin ver nada, a la horda budista que ensucia el pinar esparciendo su Nada) en ponerle barrera a su ideal, aunque sólo sea para que este viejo cascarrabias pueda un día volver a pasear por las umbrías silenciosas y frías donde, estoy seguro, todavía caben ninfas y sátiros a poco que en ellos se hagan de nuevo silencio y soledad.

    Con afecto de su affmo,
    José Antonio Martínez Climent

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  2. PD. Perdone mi torpeza: La tercera frase queda: “Así es la naturaleza a la que el idealismo anglosajón apunta, como advertía Ortega,…”

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