Capri

Al llegar a Capri, cumplimos con el rito sagrado del funicular. Afuera llovía copiosamente, con furia se diría, y nos apretujamos en la estación en medio de una miríada de turistas americanos y rusos; pero fue suficiente medio minuto -el tiempo que emplea el transporte de la Marina Grande a la ciudad de Capri- para que la lluvia se detuviera y, timidamente, surgiera el sol sobre el puerto. Desde la piazzetta se esbozaba un arco iris sobre el golfo de Nápoles, con el Vesubio al fondo y Amalfi a la derecha, y, aunque todavía no nos habíamos registrado en el hotel, nos demoramos un instante contemplando la luz iradiscente de la mañana.

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Las dos naciones

La propaganda más efectiva se asienta sobre un relato simple, a menudo de carácter maniqueo. Sería el caso, por ejemplo, del mito de las dos Españas, que recorre el debate nacional desde hace casi dos siglos. Las dos Españas: la buena y la mala, la progresista y la conservadora, la democrática y la autoritaria, la moderna y la arcaica, la natural y la artificial, la federal y la centralista. Por supuesto que no se trata de una particularidad española, como subrayó de modo certero el profesor Vicente Cacho en su lectura de Ortega y Gasset: «La imagen de las “dos naciones” se había convertido, hacia la década de los 70 del siglo XIX, en un lugar común del lenguaje culto europeo para referirse a cualquier clase de seccionalismo –económico o político, mental o geográfico– que pudiera detectarse en el seno de los países más avanzados del Viejo Continente.»

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