Las pasiones

Mientras leía la semana pasada el magnífico artículo “Sonámbulos” de Eduardo Jordá, pensé en un breve ensayo, titulado De la Ilíada, que escribió Rachel Bespaloff al poco de empezar la II Guerra Mundial. Es un libro emocionante, de una rara intensidad, que indaga sobre el sentido de la justicia en la Historia y su relación con la poesía y la belleza. «Los dioses otorgan felicidad, riqueza y gloria –anota Bespaloff–; mas sólo el hombre tiene el poder de unirlas con la justicia. Si no lo hace, tarde o temprano, lo aplastará la fatal calamidad. “Esta nace de un pequeño origen escribe Solón, como el fuego: al principio no es nada y al final es un gran mal”». La idea resulta interesante, sobre todo porque desvela que las cualidades del hombre y de la sociedad no se sostienen sin la armadura de la justicia. Por supuesto, la filósofa búlgara no se refiere tanto a una doctrina moral como a una percepción del límite que, paradójicamente, nos protege de nuestra propia vulnerabilidad. La felicidad es perecedera, la riqueza y la gloria devienen con facilidad sinónimos del poder y del orgullo. La feliz vida en el Edén, aun siendo un regalo de los dioses, termina con la expulsión de sus moradores, presagiándo así el destino de las utopías. En otro pasaje de gran perspicacia, Bespaloff nos ofrece una clave esencial para desentrañar el poema homérico: «Aquiles ha preferido la gloria a una vida larga, porque ha escogido la inmortalidad: la inmortalidad del poder, no la del alma. En rigor, sería posible ver en Aquiles el elemento dionisíaco, la pasión de destruir por odio a la destructibilidad de todas las cosas; en Héctor, el elemento apolíneo, la voluntad de preservar el orden humano por amor al ser en su misma vulnerabilidad».

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Solo a lo lejos escucho el eco de un trueno

Sólo a lo lejos se oye el eco de un trueno, que llega y se va, denso, como el humo de un puro. De niño, me asustaban los truenos y la luz intermitente de los rayos. Mi abuela se solía levantar de la cama y persignaba el suelo de la casa con cruces de sal. Yo también le pedía una, junto a mi cama, aunque fuese pequeñita. Si era en verano, me acompañaba el zumbido de los mosquitos y el sudor de la noche. Ahora también sudo, aunque el calor es seco, en este pequeño pueblo de La Jara, y también es de noche y ninguna estrella alumbra esta oscuridad. Una de mis cuñadas se levanta a encender el aire acondicionado. Yo, si pudiera, pondría  en el tocadiscos a Chet Baker y escucharía su trompeta improvisando junto al cuarteto de Gerry Mulligan, allá a principios de los cincuenta, en la Pacific Coast. No sé por qué me encuentro tan espesamente cansado. La máquina del aire inaugura una gotera sobre el sofá del salón. Tendrán que apagarlo y volveremos al calor, sin la música de Chet Baker ni otra lluvia que no sea la amenaza de unos goteronesde tierra, sucios y desagradables…, nada. Al final, opto por levantarme también y sacudirme el sueño. Salgo al patio, enciendo una lucecita y leo a Coleridge:

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