Estoy en mi noria

José Castillejo (1877-1945) contaba con una personalidad singular. A él le debemos la Residencia de Estudiantes, la gestión en buena medida de la Institución Libre de Enseñanza y un puñado de escritos clarividentes sobre el secular atraso español, la destrucción de la República y los orígenes de la Guerra Civil. Era un hombre sobrio, casi franciscano, que podaba sus olivos mientras se carteaba con toda la intelectualidad española y europea de la primera mitad del siglo XX. Al igual que su mentor, don Francisco Giner de los Ríos, muy pronto comprendió que la solución a los males de España se encontraba fuera y consistía en europeizar el pensamiento y el modus operandi de la juventud. Cuando conoció a Giner de los Ríos, éste le dijo que no volviera a visitarle hasta que no dominara con fluidez el francés y alemán. Ya como secretario de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, Castillejo puso en marcha un sistema de becas que permitió formarse en Europa a buena parte de la intelectualidad española de la época. Eran becas austeras, casi monacales, pensadas para ahuyentar la frivolidad de aquéllos que sólo buscaban disfrutar de unas vacaciones pagadas por el Estado. Durante la guerra salvó la vida de milagro, protegido por algunos amigos y oculto en la embajada británica. Ya en el exilio, escribió Democracias destronadas, un libro fundamental para entender esa tercera España que nunca fue, en contraste con la España real que sí fue. Se trata de un ensayo doloroso y lúcido, escrito por un hombre que desconocía el significado del rencor.

Continúa leyendo Estoy en mi noria

Las cartas de Gaya

El pintor Ramón Gaya fue un hombre de extrañas contradicciones. Situaba el valor del arte fuera de la historia y, sin embargo, su pintura sólo se entiende en diálogo con una tradición –la europea– que él intentó recrear sin dejarse salpicar por las vanguardias. Afirmaba que “el creador no aspira a la palabra, es decir, al arte, a la obra, sino al silencio”; no obstante, en sus cuadros siempre queda un poso narrativo, de memoria, de voluptuosidad incluso, que nos habla de la pasión. Admiraba el silencio y la soledad, pero fue sordo a la música de Bach –al que acusaba de frío y mecánico– e insensible a la pintura de Vermeer. Visto desde la perspectiva del tiempo, Gaya ha sido tal vez un pintor menor –un gran pintor  menor–, cuya obra ensayística se sitúa entre las más hondas del siglo XX  español, por encima, si se quiere, de la no menos fascinante del escultor de Orio, Jorge de Oteiza. Ambos –Gaya y Oteiza– amaban el Partenón, Fidias, Van Eyck, Velázquez… Ambos fueron poetas y teóricos del arte. Ambos criticaron la gran feria del arte contemporáneo, con su borrachera de dinero fácil y su estridencia de barraca de feria.

Continúa leyendo Las cartas de Gaya