La teología de la liberación: ayer y hoy

A principios del siglo XX, el abuelo del poeta José Watanabe emigró de Japón a Perú para trabajar como bracero en uno de los latifundios del país. Era un hombre minucioso, espiritual, tímido y reservado, con una marcada vocación artística. Pronto dejó el campo y empezó a pintar pequeñas piezas religiosas que le encargaban en las parroquias del lugar o en algunos conventos de frailes y monjas. Era una pintura impregnada de un silencio casi oriental, pero que no acababa de convencer a los clérigos. Les disgustaba su excesiva frialdad y echaban en falta el patetismo del dolor. ¿Por qué tanto silencio?, inquirían sorprendidos aquellos religiosos, demasiado acostumbrados al estilo gesticulante del Barroco español. Y entonces, al viejo Watanabe, no le quedaba más remedio que aceptar a regañadientes la crítica y terminar manchando de sangre las figuras, aunque de fondo permanecía una cuestión inquietante: ¿por qué calla Dios? ¿Por qué permanece indiferente ante el sufrimiento del mundo? Medio siglo más tarde, la Teología de la Liberación surgió precisamente en Latinoamérica para intentar dar respuesta a este silencio; desde un planteamiento, eso sí, muy distinto al europeo.

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Una relectura del Holocausto

tierra-negra-daniel-capo-blogHay un escalofrío que recorre el pensamiento europeo de la segunda mitad del siglo XX y es la sombra que despliegan los campos de exterminio sobre el proyecto de la modernidad. En una frase convertida ya en tópico, el filósofo de la Escuela de Fráncfort Theodor Adorno sentenció que escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Más aún, para el austriaco Jean Améry, la misma noción de humanidad desapareció en las cámaras de gas. Conceptos como belleza, verdad, bien o dignidad humana fueron borrados de la historia. Por supuesto, hoy sabemos que el siglo de los totalitarismos fue también el de la muerte programada, pero el Holocausto permanece como una singularidad que trastoca nuestras creencias sobre el género humano. En este sentido, la realidad de Auschwitz no pierde vigencia sino que sigue interpelándonos: ¿Por qué sucedió? ¿Puede volver a ocurrir? ¿Qué papel desempeña la memoria en la reivindicación de la justicia?

Fuente: Letras Libres.

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Erasmo de Rotterdam

00f106_thumb1En su biografía sobre Erasmo, Johan Huizinga traza un retrato del idealista moderado:

“Como tipo intelectual, Erasmo pertenecía a un grupo bastante reducido: el de los idealistas absolutos que al mismo tiempo son completamente moderados. No pueden soportar las imperfecciones del mundo; se sienten constreñidos a combatir. Pero los extremos no convienen a su carácter; retroceden ante la acción, porque saben que derriba tanto como edifica; y por eso se retiran, y siguen clamando que todo debería cambiar; pero en cuanto se produce la crisis, se ponen de mala gana de parte de la tradición y el conservadurismo. Y una parte de la tragedia de la vida de Erasmo consiste en esto: que él veía las cosas nuevas y venideras con mayor claridad que nadie; que necesitaba luchar contra lo viejo; y, a pesar de ello, no podía aceptar lo nuevo”.

La última palabra

Una frase de George Bernanos escrita en 1939: “el mundo es el dominio de la gente que no está hecha para la felicidad”. Para entonces, el autor francés ha podido conocer el terror teñido de sangre de la guerra civil española y ha recibido la carta que, desde una pensión de Sitges, le envió Simone Weil al poco de regresar Bayo de Mallorca: “Lo esencial – escribe Weil – es la actitud con respecto a la muerte. No he visto a nadie entre los españoles, ni entre los franceses, llegados para luchar o para pasear – estos últimos, lo más frecuentemente, intelectuales grises e inofensivos – expresar ni siquiera en la intimidad, repulsión, disgusto, o al menos reprobación de la sangre inútilmente vertida. Tengo el sentimiento de que, cuando las autoridades han puesto a una categoría de seres humanos al margen de aquellos cuya vida tiene un precio, no hay nada más natural para el hombre que matar.” Poco después – después, digo, de la carta de Simone Weil y de la publicación de Los grandes cementerios bajo la Luna -, George Bernanos se exilió a Brasil – como Stefan Zweig -, huyendo del nazismo y de una Francia que pronto sería ocupada por las divisiones alemanas del III Reich. Europa está sumergida en la medianoche de la historia y Bernanos escribe en su dietario estas palabras. El mundo, piensa él, pertenece a los infelices. En la dicha no cabe el mal.

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Merton de la «a» a la «z»

Catolicismo americano. Thomas Merton fue bautizado católico el 16 de noviembre de 1938. Por aquellos años, la Iglesia aún se consideraba a sí misma como el baluarte del dogma y la verdad, aunque, poco a poco, empezaba a desplazarse hacia una sensibilidad distinta, más moderna, que terminaría cristalizando en las reformas del Concilio. En ese proceso de modernización, la Iglesia norteamericana desempeñó un papel de avanzadilla, sobre todo a través de algunas de sus figuras públicas más relevantes: el novelista Walker Percy, la escritora Flannery O’Connor, la activista Dorothy Day, el propio Thomas Merton. Quizás quepa hablar de un renacimiento católico en Estados Unidos, similar al que había tenido lugar en Inglaterra medio siglo antes. En todo caso, fue un novelista inglés,Evelyn Waugh, quien subrayó en 1948 la sorprendente originalidad del catolicismo americano, del cual predijo que estaba llamado a dirigir la Iglesia del futuro. La experiencia vital de Thomas Merton se mimetiza con esta época acelerada de cambios y transformaciones que tuvo en Estados Unidos uno de sus rostros más significativos.

Artículo completoMerton de la «a» a la «z».

Artículo publicado en ABC Cultural.

Subestimar la barbarie

Foto: Sandro Schroeder

No hay que subestimar la barbarie. Vive con nosotros, se alimenta de nuestros miedos y golpea allí donde se agazapan nuestros temores. A lo largo del siglo XX, la promesa de la tecnología consistió en garantizarnos seguridades, en saber predecir el futuro, en eliminar la incertidumbre. Se trataba de una promesa civilizatoria, frente a un pasado oscuro. Si hacemos caso de Steven Pinker, la violencia ha disminuido a nivel global pero no nuestra percepción de peligro. La higiene, los antibióticos y la medicina preventiva han permitido alargar la esperanza de vida de un modo espectacular y, sin embargo, muchos pacientes viven con ansiedad cada una de sus pruebas diagnósticas. La necesidad de proteger nuestro espacio de derechos ha reducido, paradójicamente, el campo de libertades. El control de la correspondencia privada, de los comentarios en las redes sociales, de nuestro itinerario por la ciudad mediante el GPS de los móviles, del consumo privado que hacemos con tarjeta de crédito, etc., permiten predecir con un gran margen de acierto el comportamiento colectivo, pero no eliminar por completo el riesgo de terrorismo. Una sociedad orientada a comprar seguridad se convierte también en una sociedad cargada de miedos: algunos irreales y otros no tanto. Las ideologías del resentimiento han hecho mucho al respecto.

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