La diplomacia de la eternidad

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En la primera mitad del siglo XIX, Alexis de Tocqueville intuyó que el carácter y la cultura de los pueblos priman sobre la calidad de sus instituciones. Se trata, por supuesto, de una hipótesis discutible –Daron Acemoglu y James A. Robinson la refutaron recientemente en su aclamado estudio Por qué fracasan los países–, pero que merece ser ponderada en el caso concreto de la política exterior del Vaticano, último Estado absolutista de Europa. Esa singularidad –el papa, además de líder espiritual de millones de cristianos, reina como monarca absoluto– nos obliga a prestar una especial atención a la  personalidad de cada uno de los sucesores de Pedro. Ni Benedicto XVI fue Juan Pablo II, a pesar de la evidente sintonía entre ambos, ni Francisco supone una ruptura radical con sus predecesores, como podría deducirse de una apresurada lectura mediática de su figura. La realidad es que, si bien la diplomacia vaticana se rige por un arco temporal muy distinto en amplitud al de la mayoría de países democráticos, el particular temperamento e idiosincrasia de los papas desempeña un papel muy relevante en la orientación que adoptará. Al famoso axioma según el cual “la Iglesia piensa en siglos”, cabe añadir que los principales movimientos en el tablero internacional los inspira el propio pontífice. Él es el primer diplomático del catolicismo. En teoría, también su mejor embajador.

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Tender puentes

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La revolución franciscana ha supuesto una mayor gradualidad en el uso de las varas de medir. Las palabras gruesas y las acusaciones fuertes se reservan para el capitalismo global, los intereses de las multinacionales y el juego de los poderosos. Según Francisco la ambición desmesurada de dinero constituye el “estiércol del diablo”: un ídolo imponente que se alza contra la paz universal entre los pueblos. En cambio, con las dictaduras, los regímenes teocráticos o las llamadas “democracias autoritarias”, el Papa evita la confrontación directa y utiliza un lenguaje mucho más suave. Sandro Magister, vaticanista de L’Espresso, ha subrayado con evidente malestar este doble rasero del Papa. En China, por ejemplo, el Vaticano ha optado por un acercamiento blando a pesar de la falta de libertad y el encarcelamiento de obispos católicos. O en Venezuela, pese a la peligrosa deriva populista. “Impresiona también –observa cáustico Magister– el silencio de Francisco respecto a Cuba”. La Historia, sin embargo, transcurre a menudo por caminos empedrado de paradojas. Y no debemos olvidar que la isla caribeña representa el primer gran éxito diplomático del pontífice argentino.

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La legislatura de los cambios

A medida que se acerca el próximo 27 de septiembre se acelera el choque de trenes entre Cataluña y el resto de España. Los altavoces miméticos de la propaganda desempeñan su misión subrayando los motivos de conflicto y alentando una intensa escenografía electoral. El discurso sentimental sustituye al debate razonado, los argumentos dan paso a una notable exaltación emocional. A unos y a otros les interesa que sea así.

En primer lugar, pretenden activar al máximo el voto de sus correspondientes parroquias. En segundo, asfixiar a los neutrales, que pasan por tibios –o, peor aún, por traidores– a los ojos de ambos. Finalmente, la exhibición de las masas pretende nublar el  discernimiento de los pocos –o muchos– indecisos que todavía quedan. Hay algo, por supuesto, muy operístico en estas elecciones que debería disgustar a cualquier persona sensata. Los problemas no se resuelven con una épica de redención ni con apelaciones continuas al miedo, aunque el mal –y sus consecuencias– conforman una parte sustancial del misterio de la Historia. Pero ésa es la opción que Mas ha elegido: tensar la cuerda hasta el punto de que un accidente podría romperla. Apostar el futuro de una sociedad a todo o nada conlleva un riesgo suicida que tal vez se remedie, pero que puede acabar mal. Este tipo de desafíos debería formar parte del pasivo de un político y nunca de sus activos.

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La valentía de Angela Merkel

“Las imágenes son postales de la memoria”, escribió José Carlos Llop en La avenida de la luz, y las imágenes de los refugiados de Siria y de Iraq llegando a las fronteras de Europa –niños y mujeres, adultos y ancianos– son también recuerdos que nos retrotraen a otros éxodos terribles de la historia: los judíos huyendo del Holocausto, los republicanos españoles abandonando el país al terminar la guerra civil, los cubanos y los vietnamitas escapando del comunismo en patera o a pie… Son la consecuencia de un horror –el de la guerra– consentido en  cierto modo por Occidente, tolerado entre una retahíla de amenazas y sanciones vagas, mientras el Estado Islámico crecía –y crece– masacrando a las minorías de Oriente Próximo, mayormente la cristiana, aunque no sólo la cristiana, como se ha podido comprobar. Con números aproximados, se habla ya de unos cuatro millones de refugiados, sobre todo procedentes de Siria y norte de Iraq. La presión en determinadas fronteras ha alcanzado niveles máximos, especialmente en Hungría –donde el ultranacionalista primer ministro Viktor Orbán utiliza la munición habitual del peor populismo europeo–, en Grecia, Italia o Turquía. Y no deja de asombrar la pasividad de algunos países –Brasil y muchas otras naciones iberoamericanas, EE.UU. y China– a la hora de asumir compromisos concretos e importantes, no sólo cosméticos. Los crímenes masivos contra la humanidad exigen respuestas globales, no la frívola comodidad del escapismo.

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El tono

“Lo que importa es el tono”, subraya en una de sus Notas dispersas Josep Pla. En literatura, el ritmo encuadra, uniformiza, dota de regularidad, pero no ofrece propiamente una mirada sobre el mundo. El tono, en cambio, revela lo característico del individuo, el alma de la persona si se quiere: su voz más honda. Lo que importa del mismo es que nos desnuda y nos dice quiénes somos. De ahí que Pla rechazaba los excesos de la sentimentalidad, los cantos corales y el demonio de las masas. Había leído demasiado a Montaigne y a los moralistas franceses como para no proyectar una luz íntima sobre su escritura, incompatible con los caprichos de la moda. Admiraba la tenacidad, el esfuerzo, el trabajo constante y terco, la poesía de lo cotidiano, el carácter individual y la falta de dogmatismos.

Desconozco qué habría pensado el escritor catalán de la situación actual, pero supongo que habría discernido entre el tono y el ritmo, entre el credo personal y la fanfarria colectiva. Era un hombre inteligente. Sabía que la propaganda miente y que la luz de la verdad “no cae siempre en el lugar que a nosotros nos gustaría”. Esa es una forma de humildad. Y la humildad nunca es ostentosa.