Irán: una lectura contraria

En Oriente Próximo, los iraníes gozan del prestigio de una “paciencia vaticana”. Pueblo de orgullo milenario, de aristocrática prestancia y espera mesiánica, el chiismo alimenta una cultura del tiempo. Quizás sea algo inherente a la dureza monoteísta del paisaje, atemperada por un aliento metafísico. Al igual que sucede con la Iglesia Católica, se dice que los iraníes piensan en siglos y no en décadas o lustros. Para entender su pasado resulta imprescindible leer A History of Iran, del inglés Michael Axworthy; así como, para pulsar su presente, el libro esencial es Revolutionary Iran: A History of the Islamic Republic, del mismo autor. En ambos títulos, Axworthy nos ofrece una lectura poliédrica y elegante del papel persa en Oriente.

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Nadie elige sus orígenes

“Yo no he elegido ser español, Schäuble no ha elegido ser alemán, Tsipras no ha elegido ser griego”, leo en el hilo a un post del blog Nada es gratis. Me parece una idea acertada: nadie escoge sus orígenes y, aunque influimos sobre nuestro destino, sólo en parte decidimos sobre él. Ese realismo sensato conforma uno de los reductos básicos del conservadurismo: el tiempo nos mejora o nos empeora de acuerdo a nuestros esfuerzos individuales y colectivos, según las virtudes y los defectos, según el azar, los incentivos y la inteligencia; pero no puede emanciparnos por completo del pasado ni tampoco del presente. El sabio Edmund Burke anotó en algún lugar de su obra que la vida de cada hombre depende, en gran medida, de algo tan singular como el modo en que fue concebido. Al nacer nos insertamos en un tejido orgánico que nos envuelve y nos nutre, que va mucho más allá de nuestra individualidad. Ahí se encuentra la calidad del lenguaje que aprendemos y que posteriormente usaremos –tan determinante en sociedades estamentales como la inglesa–; el nivel sociocultural y las  expectativas de los padres, su red de amistades y contactos; las habilidades no cognitivas como el autocontrol y las manières, la carga genética y el coeficiente intelectual; el patrimonio familiar, la herencia y las deudas; el paternalismo o su ausencia, el número de hermanos y nuestra posición entre ellos; el relato ensombrecido –aunque perceptible– de los traumas del pasado, de los hábitos familiares, etc. Y, al abrir la mano, desde lo concreto a lo general, nos acercamos al barrio donde vivimos, con sus oportunidades y limitaciones; y luego llegamos a nuestra nacionalidad –española, griega, alemana…–, que nos habla a su vez de estructuras burocráticas, de calidad institucional, de leyes, de valores y narrativas culturales, de un saber hacer educativo e industrial… En el momento mismo de la procreación –nos dice Burke–, se decide algo más que la vida: también el cartón con los números de la misma. No todos, por supuesto, pero sí bastantes. Los suficientes como para no ser irrelevantes.

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La centrifugadora griega

Sujeta a los efectos de la centrifugadora del Egeo, la prensa alemana empieza a adoptar tonos nibelungos. Para un tabloide como Bild, Alemania necesita una canciller de hierro capaz de poner en vereda a los díscolos griegos. Un medio del prestigio de Der Spiegel, por su parte, acusa a Merkel de cierta vacilación a la hora de afrontar decisiones impopulares. Diríamos que la aguja de la brújula europea oscila, falta de una orientación clara. Por un lado, la presión populista de los países más afectados por la crisis va creciendo a lo largo de todo el arco mediterráneo. Estos partidos carecen de propuestas viables, de programas articulados y equipos solventes, pero han logrado conectar con el desencanto de millones de votantes, hartos de la corrupción institucional, del deterioro en la calidad de vida y de las perspectivas sombrías del futuro. En este relato, de una notable puerilidad, los países acreedores –que, no lo olvidemos, representan los intereses de millones de ahorradores particulares– aparecen como una organización imperialista que se  aprovecha de la debilidad estructural de las naciones menos favorecidas. La dialéctica se reviste de orgullo patriótico y de retórica pseudorrevolucionaria. Las tácticas de comunicación se alimentan de los recursos de la propaganda. Pero tales estrategias, reconozcámoslo, no son exclusivas del Sur.

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Al límite

En la crisis griega se distinguen tres elementos principales: la quiebra económica, las urgencias políticas y la desconfianza que se ha instalado entre los actores. Los tres factores se entrelazan entre sí, aunque se pueden aislar uno por uno. La causa económica nos habla de un país que carece de recorrido en la zona euro, al menos a corto y medio plazo. El endeudamiento es masivo y las instituciones helenas, ineficientes. La estructura industrial y financiera de Grecia no tiene el músculo suficiente, tal vez por su situación periférica en el contexto de la Unión. Las fugas continuas de capital, el fracaso de los rescates, la incapacidad de los políticos nos recuerdan que incluso los países desarrollados pueden implosionar cuando repetidamente se toman decisiones equivocadas. De hecho, Syriza sólo ha acelerado un proceso de decadencia que ya estaba en marcha. El pecado original es anterior a este gobierno.

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