¿Por qué leer poesía?

A la pregunta ¿por qué leer poesía?, no sabría muy bien qué responder. Diría que a uno le gusta, pero no me parece que sea una respuesta apropiada del todo. Diría también que el gusto se educa y que – así como para apreciar la música se tiene que haber escuchado previamente mucha música – a leer poesía se aprende leyendo. Creo que es una regla bastante fiable. Si quieres conocer en profundidad un pasaje de la Historia, revisas una abundante bibliografía sobre el tema. Si quieres desentrañar los secretos de la economía, estudias a sus clásicos. Con la poesía, sin embargo, el afán voluntarista no es suficiente, como si se tratara de un misterio que no se deja aprehender del todo. Quizás podríamos establecer una correlación con la pintura y leer en clave poética las siguientes palabras de Ramón Gaya: “Para Velázquez – entiéndase aquí la poesía – , la realidad, el cuerpo de la realidad, es algo imprescindible, pero también sin mucha importancia: lo decisivo está dentro, encerrado dentro, transparentándose. Velázquez [la poesía] pinta esa transparencia; de ahí que la realidad que termina por presentarnos – tan veraz – no sea propiamente realista, corpórea, pesada, abultada, sino imprecisa, indecisa, insegura, casi precaria, me atreveré a decir”.

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Virtudes británicas

En las elecciones del pasado jueves, los británicos optaron por la estabilidad en lugar de por la italianización de la política. No se trata desde luego de una experiencia nueva, si recuerdan el caso escocés cuando, durante semanas, las encuestas fueron unánimes en lo concerniente a la ruptura del país. Ahora se ha repetido el ejemplo, con la victoria por mayoría absoluta de los tories frente a las previsiones de ingobernabilidad que auguraban los sondeos de opinión.

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La Europa del bienestar

En Cuando cambian los hechos, el historiador inglés Tony Judt argumenta que uno de los déficits importantes de la UE radica en su incapacidad de apelar por igual a las elites sociales y al grueso de la ciudadanía comunitaria. La precisión no resulta  del todo inapropiada. Sujeto a un escenario de oportunidades globales, el espacio único facilita el desplazamiento de los trabajadores más formados. En Alemania requieren la presencia de ingenieros españoles; en Suecia, de médicos y en el Reino Unido, de enfermeras, por citar tres ejemplos recurrentes. La poderosa City londinense se ha construido como una torre de babel a la que acuden financieros de todo el mundo. Algo muy similar sucede en los principales laboratorios y centros de I+D, en las universidades más prestigiosas, en los museos de arte contemporáneo, en la escena musical, en los complejos tecnológicos… Para Judt, la palabra clave que describe el éxito de la Unión es el cosmopolitismo: elites urbanas y políglotas, con estudios de posgrado, que cuentan además con las habilidades sociales y profesionales necesarias para trabajar en diferentes países. ¿De qué tanto por ciento de la población hablamos? Lo desconozco; un porcentaje relevante sin duda, pero no significativo, al menos en el caso español. La pregunta que se plantearía es la siguiente: ¿y qué sucede con los demás? La bifurcación social demuestra que la crisis del prestigio europeo tiene que ver con las consecuencias que sufre el resto de la ciudadanía; es decir, los que, por su formación profesional, edad o cultura, no forman parte de la nueva elite cosmopolita. Para ellos, las promesas de la Unión y de la zona euro representan poco más que un espejismo engañoso incapaz de asegurar una casa común para todos. Y no hablamos sólo de los inmigrantes que llegan a diario desde el tercer mundo y que malviven en las periferias sin rostro de las grandes ciudades, sino de un proceso mucho más amplio de debilitamiento de las clases medias y que ha terminado generando una profunda desconfianza.

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La caída de Rato

Una y otra vez, la historia demuestra que juzgar la actualidad sólo con las herramientas del presente no da resultado. Carecemos de la perspectiva y de la información suficientes, por lo que nos dejamos guiar por las emociones más inmediatas. Cuando José María Aznar concluyó su segunda legislatura al frente del gobierno, Rodrigo Rato pasaba por ser el candidato natural a la sucesión. Hablaba idiomas –cosa rara en nuestro país–, había  enderezado las cuentas públicas y, lo que era importante en aquel momento, no se había significado especialmente a favor de la guerra con Irak, en contra de la línea oficial de su partido. Su ascendiente sobre el electorado popular resultaba innegable. Era buen orador –aunque un punto soberbio–, de discurso moderno y tecnócrata, poco ideológico. Un hombre “de centro reformista”, si aceptamos el mantra electoral que, durante varios años, repitió José María Aznar para marcar distancias con la imagen tardofranquista de Manuel Fraga. Sin duda, Rato era el político conservador más admirado por la izquierda e incluso por los nacionalismos catalán y vasco. Cuando fue elegido para dirigir el FMI –a pesar de que no contaba con el título de economista–, muy pocos pusieron en duda el  acierto de la designación: se sellaba así su evidente prestigio internacional. Hoy sabemos, en todo caso, que se trataba de un premio menor para alguien cuya ambición apuntaba hacia La Moncloa. Todo lo demás le parecía poco.

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