Maleficios

A finales de los años sesenta, el poeta inglés W. H. Auden dictó, en la Universidad de Kent, una serie de cuatro conferencias en memoria de T.S. Eliot. Sutil y preciso, en ellas Auden comparó la corrupción del lenguaje con los maleficios de los hechiceros: «Igual que a la magia blanca de la poesía, a la magia negra le interesa el encantamiento; no obstante, mientras que el poeta se siente encantado por los asuntos sobre los que escribe y no desea otra cosa que compartir ese don con otros, quien practica la magia negra es perfectamente frío: no tiene ningún encantamiento que compartir, más bien lo usa como una manera de ganar poder sobre los demás, y así obligarlos a que hagan lo que él les dice». Debido a esa perversión del habla, ya sea en forma de propaganda de masas o de corrección política, las palabras empezaron a usarse como consignas que encandilan o enervan a los ciudadanos, al modo de las viejas mentiras que repetía incesantemente Goebbels para imponer el dogma de la superioridad racial. «Para millones de personas hoy en día – insistía Auden –, palabras como comunismo, capitalismo, imperialismo, paz, libertad, democracia han dejado de ser conceptos, cuyo significado puede cuestionarse y discutirse, para convertirse en meros sonidos agradables o desagradables ante los cuales toda respuesta es tan involuntaria como los reflejos de las rodillas». Por supuesto, el registro natural de los hechiceros sería el de los charlatanes, esa peligrosa retórica de sonajero que acampa en las redes sociales y en la innoble verborrea de la clase política.

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En claroscuro

Uno escribe en ocasiones de este modo, sin norte alguno. No es necesariamente malo. El relato político – acuciado por las cortantes aristas de la actualidad – busca magnificar el drama del día a día. Así se nos dice que en la Transición radica el pecado original del que proceden todos los males posteriores; o que la democracia española no es sino un polichinela roto, un teatro de marionetas al servicio de los intereses de una minoría. Cataluña – o cualquiera de las otras comunidades históricas – subsistiría agónica como consecuencia de su falta de encaje en el resto del Estado. Incluso el mileurismo, convertido ya en el New Normal, se debería a la insuficiencia democrática; es decir, a la falta de voluntad de los partidos mayoritarios por transformar las estructuras perversas de la realidad. Si, como entendían los marxistas – que ahora regresan bajo los engañosos ropajes de Podemos –, la democracia se legitima por su impulso revolucionario frente a los males de la sociedad, España jugaría en esa aburrida segunda división de las naciones burguesas, sometidas a la banalidad del respeto a las leyes, las instituciones y el pacto parlamentario. Por supuesto, nada de eso es verdad tal como lo planteo aquí. O, en todo caso, lo es de forma muy tangencial. Los achaques de España son similares a los que aquejan a los demás países europeos y, únicamente desde un cierto cinismo, se puede afirmar que el régimen que surgió del 78 no es una democracia. ¿Quién niega que existan gobiernos más eficaces y modernos que el nuestro? Pero también, del mismo modo, nos encontramos en Europa con sistemas parlamentarios afectados aún en mayor grado por la esclerosis del inmovilismo. Como prueba, el último rescate que Mario Draghi ha lanzado, por medio de un Quantitative Easing, a las economías francesa e italiana precisamente debido a su parálisis. Sólo unos pocos, diríamos, aprenden de los errores. El bagaje de la experiencia no actúa siempre como un remedio universal.

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