El hombre que salvó a Europa dos veces

En su memorable elegía dedicada a Winston Churchill, el historiador John Lukacs sostiene que el premier británico logró una prórroga de cincuenta años para Occidente. Lukacs, que luchó durante la II Guerra Mundial en Budapest y fue internado en un campo de concentración, sabía que a lo largo de la historia reciente de Europa la civilización y el nacionalismo han rivalizado como dos fuerzas enfrentadas y divergentes, del mismo modo que los populismos – con sus fauces de banalidad – representan la negación del progreso. La Historia se escribe con reglones torcidos, y a menudo con numerosas faltas y borrones, pero fue gracias a esa prórroga churchilliana que pudo conformarse el embrión de una Europa unida, el marco de paz y de colaboración más eficaz que ha conocido nuestro continente. Churchill fue el gran estadista de una época en que las democracias titubeaban, azotadas por el huracán del descrédito. Era, básicamente, un hombre de principios y de honor,  no un ideólogo ni un doctrinario ni, mucho menos, un oportunista. Si la elegancia nos define, “el uso político del oportunismo – consignará Lukacs – es la línea divisoria que marca la frontera entre la barbarie y la civilización”.

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Un mundo mejor

Hace años, en el suplemento cultural Bellver del Diario de Mallorca, Eduardo Jordá publicaba quincenalmente una sección titulada “Para que bailen los osos”. Ahora mismo no estoy del todo seguro, ni tampoco puedo consultar la biblioteca de casa para confirmarlo, pero creo que el autor nunca ha recopilado esas crónicas literarias, no al menos en su totalidad. En aquel entonces, éramos muchos los que esperábamos con impaciencia esos artículos a página completa, siempre redactados con precisión circular y prosa contrapuntística, entremezclando la biografía de los autores con la estructura argumental de la novela y ofreciendo una luz determinada – la luz de la mirada – que permitía desentrañar los múltiples sentidos del libro. Como en toda buena crítica literaria, una pequeña anécdota servía para asentar una tesis; un destello, para desentrañar las entretelas narrativas de la obra. El gran novelista Vladimir Nabokov jamás se cansó de insistir en la necesidad de prestar atención a los detalles secundarios, que son los que dotan de vida y realidad a la escritura. En su prólogo a Lo que tiene alas (Fundación José Manuel Lara), Eduardo Jordá nos sugiere una clave similar a la que proporciona el escritor ruso: “Lo que le intrigaba a Roland Barthes –subraya Jordá– era el hecho de que el marqués de Sade hubiera dedicado un párrafo entero a describir los volantes de encaje que asomaban por la manga del libertino, cuando éste extendía el brazo y le entregaba la chocolatina a aquella muchacha. ¿Por qué aparecían allí aquellos volantes? No servían de nada, no iluminaban la acción, no añadían nada específico a la escena. […]. Y Barthes inventó un término para aquellos volantes: eran un biografema, un detalle intrascendente que nos describía para siempre a un personaje, y de paso, a su autor. Y leer una novela era estar al acecho de aquellos volantes”.

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