Identidades rotas

Sostenía Pío Baroja que no se pueden esperar grandes cosas de un pueblo que sólo dispone de un libro. Quizá se podría aventurar que tampoco cabe esperar mucho de las sociedades que persiguen una única idea, ya sea la grandeza descomunal de los monumentos, la igualdad por decreto o el enriquecimiento rápido. Como contraste el pueblo judío, para el cual la Biblia era un arcano a descifrar, un misterio ante el que cabría incluso el descreimiento, el escándalo o la duda. Me fascinan las identidades rotas que no es lo mismo que las identidades enfermas. Las primeras se alimentan de muchas voces; las segundas sólo desean imponer su fanatismo. Las primeras reivindican el valor de los límites, porque ninguna certeza resulta definitiva; las segundas ajustan la realidad a sus propios prejuicios, que no son sino el rostro del miedo y de la inseguridad. En una identidad rota cabe la paradoja de la inteligencia y de la fortaleza; en una identidad enferma sólo rastreamos las servidumbres de un deseo dominante, no su grandeza, no su originalidad.

Nuestro emperador

Jaume VallcorbaCon la muerte de Jaume Vallcorba desaparece una de las piedras miliares de la edición en España. Era un hombre de cultura vasta y singular, afrancesada y centroeuropea, grave y hedonista a la vez. Como buen editor, sabía que los libros se necesitan unos a otros, que hablan entre sí y que, a veces, incluso se enzarzan en acaloradas discusiones. Como antimoderno, sabía que el secreto de una editorial – al igual que el de una biblioteca privada – reside en ese diálogo de siglos que apunta hacia el misterio de la belleza, la verdad y la dualidad del bien y el mal en la condición humana. Su vocación de artesano le emparentaba con los grandes maestros del pasado, que desconocían las pesadas servidumbres de la moda y aspiraban, simplemente, al trabajo bien hecho. El viejo lema metafísico “lo que es siempre es” podría ejercer de divisa para la editorial Acantilado, que situaba en Europa el articulado de su credo. Editor sin dogmas y lúcido empresario, Jaume Vallcorba supo convertir en viable un proyecto aparentemente quimérico que reflejaba una cultura y una curiosidad infinitas, más Old Europe que Happy England, más universal, digamos, que provinciano.

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Los balnearios de la cultura

En verano, Europa se vuelve mediterránea agolpándose en las playas y los festivales de música clásica –Lucerna, Bayreuth, Salzburgo, Glyndebourne– se suceden con vocación de gran balneario de la cultura, de sismógrafo, incluso, de los cambios políticos que están por llegar. En el Salzburgo de los años 30 – lo cuenta en sus dietarios el poeta Stephen Spender y el filósofo Isaiah Berlin en su correspondencia – la figura de Toscanini ejemplificaba la resistencia moral frente al ascenso del nazismo. En la década siguiente, ya fue Hitler quien utilizó el santuario musical de Bayreuth para proclamar la pretendida superioridad racial de los arios. De hecho, el eco del combate entre el Romanticismo y las doctrinas liberales, entre la primacía de las emociones y el fino ajuste de los equilibrios, resuena aún como un debate sin terminar. Dice Josep Pla en El quadern gris que lo que distinguía las tertulias de café en el pueblo o en la ciudad, era que en las primeras se tendía a los juicios abstractos y definitivos mientras que en las segundas primaba una casuística pragmática. A otra escala y de otro modo es algo completamente actual, ya que las exageraciones disfrazan la naturaleza humana y la ahuecan por dentro.