El retorno de los fantasmas

A los cien años del inicio de la I Guerra Mundial, un conocido axioma nos recuerda que la disolución de los imperios acaba con los tradicionales equilibrios de poder: el imperio Austro-Húngaro y los turcos, la Rusia de los zares y la Rusia de los sóviets. No es necesario apelar a la literatura o a la historiografía para constatar el papel del nacionalismo en estos dos últimos siglos: el nacionalismo destruye Estados y genera nuevas identidades; enfrenta, cohesiona y divide; diluye antiguas narrativas – así como acendradas lealtades – y recupera el valor metafísico de la política. Por supuesto, cabe sostener – como ha declarado recientemente Eduardo Madina – que hemos entrado en una época postnacional de lealtades múltiples e identidades complejas, pero nada parece más alejado de la evidencia. El gasto militar se dispara en el Pacífico, sacudido por un cóctel explosivo de crecimiento, ambición nacionalista y disputas territoriales. En el Oriente Próximo Israel invade Gaza, mientras que en Iraq los rebeldes islamistas de ISIS perpetran un genocidio contra los cristianos bajo el signo de nun: nun, la N en alfabeto árabe, letra que ahora emplean los terroristas para identificar los hogares de los llamados “nazarenos” o cristianos. Sin embargo, Occidente asiste impasible al horror que se vive en Mosul y que ha supuesto la diáspora, la humillación y la muerte para miles de cristianos. El Apocalipsis comparte su rostro con el fanatismo que impugna el derecho a la diferencia.

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Mirando al norte

A principios de los noventa, los modélicos países del norte pasaban por ser el enfermo de Europa. Fukuyama había decretado el fin de la Historia, con la hegemonía del neoliberalismo. El este se desintegraba tras una Perestroika que aceleró todos los cambios. La poderosa Alemania Federal de Helmut Kohl se unificaba con la empobrecida Alemania Democrática y Bonn daba paso a Berlin como capital del nuevo Estado. Thatcher, ya en el tramo final de su carrera, observaba con desconfianza los movimientos que se producían en el corazón de Europa. No era la única, pero en todo caso se trataba de un temor arraigado en la historia reciente del siglo XX. Thatcher y Reagan eran los triunfadores y el mundo se aprestaba a imitarlos. Las privatizaciones de las empresas públicas se impusieron bajo el lema de “capitalismo popular”.

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Secretaría general

No recuerdo dónde he leído que la vieja guardia del PSOE – de Felipe González a Joaquín Almunia, por así decirlo – desconfía de los candidatos a la Secretaría General del partido. Preocupa la irrupción de Podemos y la profunda crisis que afecta al socialismo vasco y catalán. Preocupa la escasa experiencia de los dos candidatos en liza – Eduardo Madina y Pedro Sánchez, ya que a Pérez Tapia se le descarta –, así como su nulo discurso programático. Preocupa, en fin, que un PSOE a la griega pierda su condición de partido medular, capaz de articular el espacio de la izquierda moderna. El brete del socialismo español tiene mucho que ver con la figura del presidente Rodríguez Zapatero y con la deconstrucción del relato político que ha dominado durante estos últimos treinta años. Si el PSOE fue uno de los actores principales de la reinstauración democrática, ahora se enfrenta al desprestigio institucional que se ha asentado en nuestro país. Y lo hace, claro está, sin la cohesión – ni la capacidad de influencia – de quien ocupa el poder. La crisis socialista implica algo más que un proceso de descomposición como el que vivió en su día la UCD, ya que cuenta con elementos suficientes para presagiar el difícil porvenir del bipartidismo. Un PSOE capitidisminuido augura la realidad aumentada del pentapartito: Pablo Iglesias y Oriol Junqueras, Cayo Lara y Ada Colau. El asamblearismo, tan decimonónico, vuelve a estar de moda.

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Una difícil neutralidad

España en la Gran Guerra - Daniel Capó Blog

En España en la gran guerra, García Sanz nos ofrece un documentado e iluminador estudio sobre las contradicciones internas en que se debatía la política nacional, los espejismos que a menudo la guiaban, así como la profunda fragilidad de sus estructuras. Un buen ejemplo de ello fue el proyecto de establecer tras la conflagración una “paz latina”, según la cual España e Italia se repartirían el control comercial del Mediterráneo y, desde un punto de vista colonial, se ampliaría el protectorado en Marruecos hasta la ciudad internacional de Tánger. ¿A cambio de qué?, cabe preguntarse, más allá de los inútiles esfuerzos mediadores entre las partes en conflicto y el apoyo soterrado a uno u otro bando. “¿Qué hacemos con España?” es la pregunta que abre el libro y esa misma cuestión es la que se repetían las principales cancillerías europeas, a la espera de que Madrid adoptara una posición decidida. Con miles de kilómetros de costa esenciales para garantizar el suministro a las tropas de materias primas y alimentos, el dominio sobre las aguas territoriales desempeñaban un papel clave para los aliados frente a los letales submarinos alemanes. Ante la sucesión de ataques, la inoperancia de la débil Armada española despertaba dudas y temores entre los que participaban en la contienda. ¿A quién apoyaba en realidad el rey Alfonso XIII? ¿Era anglófilo o germanófilo? ¿Y a quién beneficiaba la neutralidad? Muy pronto, el país se convirtió en un epicentro del espionaje internacional, que alcanzaría a políticos, periodistas, comisarios de policía, maitres de hotel, bailarinas, contrabandistas y prostitutas. Ya se sabe que la movilización total – concepto que se impondría en aquellos años – exige sacrificios absolutos.

Fuente: Letras Libres

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