La Europa de los ciudadanos

Los dos conceptos clave que recorren la columna vertebral de la Unión Europea son el miedo y el malestar. Hay miedo frente al crecimiento explosivo de las economías asiáticas, su mano de obra barata y el eclipse relativo de nuestro continente. Hay miedo ante el aluvión de inmigrantes que ha transformado sociedades relativamente estables y homogéneas en cócteles multiculturales. Hay miedo por los efectos del invierno demográfico, que ha puesto contra las cuerdas a las generosas políticas de los Estados del Bienestar. Hay miedo hacia el retorno de los dictados de la geopolítica, con Rusia acechando en la frontera del Este europeo y con el Sur presionando desde las orillas del Mediterráneo. Hay miedo, en definitiva, a que un paro estructural de enormes dimensiones – tal vez, en torno a un quinto de la población – derive en polarización social y en una Unión que marche a velocidades divergentes.

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Leyendo a los clásicos

A mediados de la pasada década, un joven neoyorquino llamado Christopher R. Beha no sabía qué hacer con su vida. De algún modo sufría esa crisis propia de la juventud, cuando la realidad no casa con las expectativas y el deseo no ha sido del todo acrisolado por el fracaso. Había cumplido los 27 y acababa de superar un cáncer. Quería ser escritor a toda costa, aunque sospechaba que carecía del talento suficiente o de la voluntad necesaria. Temía que la vida se solidificara lentamente hasta terminar convertido en un esclavo de sus exigencias. A finales de 2006 decidió dejar su trabajo y tomarse un año sabático, aprovechando el señuelo de un legado familiar: los cincuenta tomos que componen la colección Harvard Classics y que, a lo largo de veintidós mil páginas, intenta compendiar el canon de la literatura universal: de Shakespeare a Cervantes, de Balzac a Dickens, del Bhagavad-Gita al Libro de Job. La veneración por la lengua escrita tiene, tal vez, un aspecto quijotesco que, en nuestros días, se confunde fácilmente con la ingenuidad. Si es preciso – como decía el moralista francés Joseph Joubert –  “que haya varias voces juntas en una voz para que sea verdadera”, Christopher R. Beha decidió que, en su caso, esa melodía personal tenía que brotar del diálogo con la literatura. Beha, sencillamente, creía en la fuerza persistente de la belleza, la memoria y la verdad. Y también sabía que es en los grandes libros donde se encuentra la caligrafía más íntima del hombre.

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