La tragedia de 1914

daniel-capo-sonambulos-europa-guerraEn Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, el historiador de la Universidad de Cambridge Christopher Clark ha rastreado magistralmente la genealogía de una crisis que desembocó en catástrofe. Su originalidad se cifra en una doble vertiente. Por un lado, renuncia a ofrecernos un relato maniqueo en el que las potencias democráticas – básicamente Inglaterra y Francia – se defienden ante las tentaciones agresivas de los regímenes autocráticos. Diríamos que a Clark le interesa menos el porqué de la guerra que el cómo se llegó a ella; menos la culpa de unos u otros que la azarosa concatenación de elementos que terminaron por prender la mecha. Por otro lado, el autor se empeña en “comprender la crisis de julio de 1914 como un acontecimiento moderno, el más complejo de los tiempos modernos.” El resultado es un libro soberbio, extraordinariamente bien escrito, que reivindica la polisemia del conflicto y nos recuerda la irreductibilidad de la incertidumbre así como la importancia de las narrativas nacionales que asumen los diferentes gobiernos. Porque, en el desarrollo de la Historia – y esto es algo en lo que Clark insiste una y otra vez -, los datos objetivos pesan tanto como las percepciones subjetivas que, tarde o temprano, acaban confundiéndose con la realidad. “Todos los protagonistas principales de nuestra historia – leemos en el libro – filtraban el mundo a través de narraciones que habían sido construidas a partir de fragmentos de experiencia amalgamados con miedos, proyecciones e intereses disfrazados de máximas.” Alemania temía la creciente influencia rusa, al tiempo que lamentaba no poder contar con una notable presencia colonial. En los Balcanes concurrían el victimismo histórico, el chovinismo nacionalista y la tentadora debilidad de los imperios otomano y austrohúngaro. Francia e Inglaterra miraban de reojo a Alemania, desconfiando de su creciente poder industrial y militar. Y todos estaban convencidos de la decadencia relativa, aunque inevitable, de la Casa de Habsburgo, cuya águila bicéfala apuntaba hacia la universalidad de Occidente y Oriente, de Viena y Budapest.

Fuente: Letras Libres

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La hora del erizo

A medio camino entre el pesimismo congénito y el optimismo alocado, España se despierta de su pesadilla todavía con la resaca del exceso. Los incentivos perversos reducen la movilidad social y deterioran las estructuras del país. El endeudamiento masivo y la mala asignación de recursos, una productividad estancada y el clientelismo político, la rigidez del mercado y unas instituciones dudosas…, esta pluralidad de motivos se podría leer en clave de manifiesto regeneracionista, si apeláramos a sus correspondientes antídotos: frente al endeudamiento, la estabilidad presupuestaria; frente al clientelismo, una política pública de la inteligencia. Como nación, una de las grandes cuestiones que nos afectan – leemos en La hora del erizo, que acaba de publicar la editorial Elba – es esa especie de escapismo histórico que conduce a no querer afrontar los problemas cruciales que nos afligen; dejándolos pudrir hasta que se enquistan, a la espera de que el paso del tiempo los disuelva.

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