Crónicas de la debacle

Para los que nacimos a mediados de los setenta y principios de los ochenta, Ramón Aguiló fue el alcalde mítico de una ciudad que nosotros desconocíamos políticamente. Quiero decir que la Palma de Aguiló, la de nuestra adolescencia, nos llegó a través de la generación de nuestros padres o la de algún hermano o amigo mayor y no por experiencia política directa. Admirábamos a Aguiló —y a Félix Pons— por contraste con la ciudad prepotente y gris del alcalde Fageda, que representaba todo, o casi todo, lo que creíamos caduco. Fueron unos años de cambio que coincidieron con el rock del pelotazo.

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